Verano en invierno

Una fría tarde de invierno Clotilde paseaba por la calle con sus padres. Iban a ver el museo de un pintor valenciano en pleno centro de Madrid. Todos decían que era muy bueno, que en lugares como París, Nueva York o Londres podías encontrar un rinconcito de España si te entraba la morriña gracias a él.Caminaban por una gran avenida cuando, de repente, se toparon con un muro tras el que se intuían árboles. Al cruzar el umbral de la puerta, plantas y fuentes hicieron que olvidara que se encontraba en el centro de la capital, en pleno mes de enero, y se sintiese en algún lugar cálido cerca de la naturaleza. En aquel patio hasta el aire madrileño parecía más ligero.

​Tras comprar la entrada, subieron una escalera cubiertas de baldosas y entraron a una gran sala con suelos de madera, paredes rojas y techo de cristal. Clotilde fue mirando los cuadros, despacio, uno a uno. En uno de ellos, su madre le señaló a una mujer muy guapa, vestida de negro, con collar de perlas y con una flor en el pelo.

​— Cariño, esa es la mujer del pintor. Se llamaba como tú, Clotilde. La verás en muchos cuadros.

​La niña siguió avanzando por la sala. También vio a los hijos del pintor, vestidos de rojo, al propio artista, con un sombrero, unas señoras en un vagón del tren y unas chicas tumbadas sobre el prado verde. Uno de los cuadros mostraba a un joven desnudo con un caballo, saliendo del mar. Era grande y, aún así, no había espacio para la obra completa: la cabeza del caballo estaba cortada. Era hipnótico, cualquiera que lo observase podría quedarse horas contemplándolo, pues al mirarlo uno se sentía en la playa, pisando arena húmeda, con la brisa que levantaba las olas en la cara. Casi  se podía percibir el olor a salitre. 

​Su padre la apretó cariñosamente el hombro y juntos avanzaron hacia la siguiente sala. Mientas la veían le contó que el pintor recibía ahí a los clientes que querían hacerse con alguna obra suya o que les pintaste un retrato. De hecho, cuando enfermó y tuvo que dejar de pintar estaba en el jardín, trabajando en un retrato. Clotilde quería saber más y su madre le contó que un par de años más tarde murió. Fueron años muy duros, pues para aquel artista, la pintura y el mar eran su vida. Hasta le habían llevado a despedirse del Mediterráneo. De eso, le dijo su madre, hacía cien años en el mismo año, 2023.

​La siguiente sala era el estudio, donde pintaba. Al pasar, Clotilde se quedó impactada. Aunque el día era gris en Madrid, la sala estaba llena de luz: la luz del Mediterráneo. Por todos ladoslos niños jugaban, nadaban, corrían junto a la orilla. Las mujeres paseaban con bellos vestidos blancos y el mar cambiaba de color en cada obra. Clotilde se sentía como si estuviera de vacaciones y mientras miraba a un niño con un barquito, se dirigió a su madre:

​—Mamá, ¿Joaquín Sorolla es impresionista?

​Su madre no sabía qué responder.

​—No lo sé, hija. Su técnica no es impresionista, pero la luz sale de sus cuadros a raudales.

​—¿Pero lo es o no lo es?

​—No pinta como los impresionistas, sus brochazos son gruesos y llenos de pintura, mientras que los de estos son pequeños y delicados. Sin embargo, tan solo Monet capta la luz como él.

— ¿Entonces…?

Publicado en Diario de Avila en enero de 2023.

Hoy hace cien años del fallecimiento del pintor.

I’m a Barbie girl (y orgullosa)

No se pueden imaginar las ganas que tengo de ver la película de Barbie. Los publicistas, a falta de ver el resultado final, han hecho un trabajo fantástico. Desde el trailer que comienza con el «Hi Barbie, Hi Ken» de la mítica canción de Aqua, pasando por el juego de la actriz Margot Robbie en la promoción y los estrenos, llevando los vestidos más famosos de la muñeca o el maravilloso cameo de la Barbie original, la hija de la creadora de la muñeca, Ruth Handler. Su historia, como tantas otras escritas en femenino, no es muy conocida y, sin embargo, ha definido a multitud de generaciones que pudieron soñar con la vida de adultas cuando eran solo unas niñas.
Ruth Handler fue la más pequeña de una familia que emigró a Estados Unidos. Aun así, fue a la universidad y fundó su compañía, Mattel. Además de empresaria, Ruth era madre. Y cuando llegaba a casa, jugaba con su hija Bárbara. En ella observó que prefería hacer muñecas de papel que representasen adultas. En un viaje a Suiza, descubrió a la muñeca para adultos Lilli, la compró, la rediseñó para adaptarla a los juegos infantiles y le puso Barbie, por su hija. Tuvo que luchar para que su empresa aceptase la muñeca. Pese a lo conocida que es Barbie, no lo es su creadora: empresaria pionera en la América de los cincuenta, revolucionaria del sector de los juguetes, madre y, en sus últimos años, también luchadora incansable contra un cáncer que se la llevó. Pero, aún enferma, siguió creando: fue la diseñadora de las primeras prótesis mamarias para mujeres que han pasado cáncer de mama. Independientemente de la historia detrás de la muñeca, Barbie ha tenido muchas críticas, basadas fundamentalmente en su canon de belleza imposible, por eso ha ido variando modelos y añadiendo figuras que representan la diversidad social. Esta circunstancia también se ha aprovechado para estereotiparla por su aspecto, seguramente para menospreciar la libertad en el juego que supuso su aparición.
Yo recuerdo mis dos Barbies favoritas: la Barbie profesora, que tenía una pizarra y dos alumnos con su pupitre, y la Barbie flamenca. A esta última, que aún conservo, la cambié pronto la bata de cola y tiene un vestido del estilo de los que suelo llevar. Es morena y con los ojos marrones. Pasó por muchos oficios, siendo uno de los más recurrentes el de escritora. El caso es que con Barbie pasaba horas entretenida jugando. Me permitía soñar, explorar trabajos y estilos de vida. Pensar en la vida de adulta. Pero además me dejó crear y diseñar casas y también vestidos. Con ella di mis primeras puntadas y, sobre todo, di rienda suelta a mi imaginación. Volviendo la vista atrás, muchas de las cosas que soy hoy, hago o me gustan ya las exploraba en mis juegos de infancia. Algo que antes de su creación en 1959, o hasta el año 1978 que aterrizó en España, no era posible porque todas las muñecas que se hacían eran bebés o niñas.
Muchas veces no somos conscientes de las pequeñas revoluciones que nos encontramos en la vida, pues parece que cosas como las muñecas Barbie o las Spice Girls no son más que frivolidades famosas. Y, sin embargo, cuánto cambiaron la sociedad del momento. Yo pienso celebrarlo yendo a ver la película vestida de rosa Barbie. Y luego igual pongo a las Spice. O escribo un artículo sobre cómo ellas, a su manera, también nos permitieron ser más libres y más fuertes. O dicho de otra manera: nos permitieron soñar con quién queríamos ser, ya fuera Barbie princesa, doctora o policía. Pensándolo mejor… me voy corriendo al cine, por lo que pueda pasar.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2023

Beethoven

El pasado miércoles se celebró el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven y después de un año pensando en escribir sobre él, le consagro este último artículo de 2020. Como no tengo formación musical, me van a permitir que escriba sobre él desde mi relación con su música. Y para ello, me gustaría volver con ustedes al 1 de enero. Para mí el nuevo año no empieza hasta el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena y el último lo vi con mi amiga Barbarita, chelista de profesión y mi gran educadora en materia musical. Juntas disfrutamos de las melodías de la familia Strauss, del interludio dedicado al genio de Bonn y miramos los conciertos que iban a dar por toda Europa en homenaje al músico y que ya tenían las entradas agotadas. Para cuando mi amiga se fue a comer con su familia, mi propósito de Año Nuevo era oír en directo la Novena Sinfonía. Con este plan en mente, me puse el disco cuando me quedé sola tras la comilona y acabé en un maravilloso estado de sopor, con los ojos cerrados, a veces dormida, a veces despierta, pero acunada por la expresividad de la sinfonía más poética del compositor, arrullada por esa conocida melodía que alude a lo mejor de la humanidad. Recuerdo que para cuando volví a estar despierta del todo pensé que un año que comenzaba así, tenía que ser bueno a la fuerza.

A estas alturas ya se podrán imaginar que no he cumplido mi propósito de Año Nuevo, pero Beethoven no se ha separado de mí durante todo este tiempo. Y también que fue él quien me llevó de nuevo a un auditorio a comprobar que la cultura se ha adaptado extraordinariamente y es segura, y quien me hizo sentir el peso de todo el año. No fue la Novena, como yo quería, sino la Quinta. Quizá fuera el destino con el que muchas veces se ha asociado esta sinfonía, el que me llevó a un patio de butacas a escuchar esas cuatro notas que todos conocemos y sobre las que tanto se ha especulado, el destino llamando a tu puerta que dicen algunos. Pero allí, sentada, no pude dejar de encontrar una hermosa poética a estar oyendo la narración del descenso a los infiernos de Beethoven al notar que se quedaba sordo, como reencuentro con los escenarios, mientras recordaba con cariño aquel Año Nuevo que les he narrado y como los planes que ese día hice se desbarataron en una situación que, pese a los avisos, no vimos venir y cambió nuestro mundo para siempre.

Pero Beethoven siempre tiene espacio para algo más y el final de la composición poco tiene que ver con el principio. Esa misma obra llega a un momento de “calma tras la tormenta” que dijo Proust, y que el propio compositor debió de sentir gracias al arte que escribió que fue su salvación, pues de la intensidad dramática de la Quinta, fue transitando por las bellísimas Sexta, Séptima y Octava Sinfonías hasta esa oda a la Humanidad que es la Novena. Ese canto de esperanza, de amor al mundo, de optimismo. La obra de un hombre de mal carácter y sordo, que nunca pudo oírla y que aún así siempre me hace pensar en las cosas tan maravillosas de las que somos capaces los seres humanos. Cómo podemos encontrar la melodía en el silencio, la luz en la oscuridad. Doscientos cincuenta años después seguimos necesitando a Beethoven más que nunca.

Publicado en Diario de Ávila en diciembre de 2020

Literatura viajera

“Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro” escribió Emily Dickinson allá por el siglo XIX. Y la poeta tenía razón, la literatura puede darnos a conocer lugares, reales e imaginarios, o hacernos sentir que estamos allí. Si leer es viajar, podemos usar la lectura como guía de viaje. Existen grandes autores asociados a las ciudades donde vivieron y desarrollaron sus obras, como Kafka y Praga o Pessoa y Lisboa. No me parece tan descabellado dejar que ellos sean nuestros cicerones por las ciudades que conocieron tan bien e inmortalizaron. Los escritores pueden ser los mejores guías: dejemos que marquen nuestro recorrido por su entorno. Si aún no sabemos dónde ir, entre las páginas de un libro podemos encontrar el destino deseado y si, por el contrario, disfrutaremos del calor diurno y las noches frescas abulenses (qué maravilloso es nuestro clima estival), podemos ir de su mano a otras tierras.

Edward Rutherfurd lleva toda su carrera literaria relatando la historia de diferentes ciudades a través de las mismas familias. Desde los primeros asentamientos hasta nuestros días, las sagas familiares permiten conocer no solo los lugares sino cómo los acontecimientos históricos configuran el carácter de las personas y de ciudades como Londres, París… La literatura de viajes es una rama muy interesante, explora distintas zonas desde la perspectiva de un autor que, además de bellas descripciones, suele aportar apuntes históricos, culturales, etc. Uno de los grandes en este campo es Javier Reverte, cuyas novelas prácticamente te trasladan a los emplazamientos narrados. Viaja con las maletas cargadas de libros, y siguiendo los pasos de sus autores favoritos recorre calles, evoca historias, rememora versos. Son muchos los autores prestigiosos que han escrito sobre rincones que les han maravillado u horrorizado y editoriales como Confluencias rescatan esos fragmentos en los que narran ciudades o paisajes.

Igual que podemos sentir a Delibes en nuestra ciudad cuando ha nevado, pero hay luna en el firmamento, desde los Cuatro Postes o al mirar la cruz cercana al cementerio, otras ciudades llevan la impronta de los escritores que leemos antes de viajar. La belleza de acompañar a Bartolomé y Martín por el centro de Ávila en Lo demás es cosa vana, de Cristóbal Medina, porque conoces el lugar, puede materializarse cuando vas de viaje y encuentras esa calle sobre la que has leído, y puede devolverte allí una vez que has regresado. Las rutas literarias están de moda, en nuestra propia ciudad se llevan a cabo, pero no necesitas un guía para recorrerlas, basta con coger En tus recuerdos, de Paula Velasco, y buscar por las Hervencias y el centro los lugares por los que vive sus días Jota. Podemos recordar en el día más frío del año, en pleno invierno, el mercado medieval de la mano de Matilde Asensi, esas jornadas en las que el verano toca a su fin pero nos resistimos a dejarlo marchar.

Evocar. Al final, de eso se trata. De ir deseando el lugar cada vez más cuando se acerca el viaje, de rememorarlo cuando ya ha pasado, de soñarlo cuando no se ha hecho, de descubrir que quieres conocerlo. Si viajar esta de moda, leer no lo está tanto. Y sin embargo, leer es viajar sin moverse. ¿Viajamos juntos este verano?

Publicado en Diario en Ávila en julio de 2019

La mujer que hizo a Van Gogh inmortal

Vincent Van Gogh es uno de los pintores más admirados y reconocidos de nuestro tiempo. Sus anécdotas son muy conocidas, como su oreja cercenada, su estancia en el psiquiátrico o su suicidio. Pero, dejando aparte las historias que cuentan sus cuadros, hay una en particular que me encanta y pese a ser muy interesante, es la gran desconocida.

Durante su vida, el pintor holandés fue rechazado por su personal estilo y solo vendió dos cuadros. Sin embargo, de la noche a la mañana se volvió uno de los artistas más cotizados del mundo. Cualquiera podría pensar que el mundo, de repente, vio la genialidad de su obra y entró en razón, pero esto no fue así. Hay un artífice de este milagro artístico: Johanna Van Gogh-Bonger.

La historia de Johanna es, por sí misma, apasionante. Nacida en Ámsterdam en 1862, fue la quinta de siete hijos, estudió hasta alcanzar el equivalente actual a un grado, hablaba varios idiomas, tocaba el piano, escribía ensayos y trabajó en Museo Británico antes de conocer al que sería su primer marido, Theo Van Gogh. Durante el poco tiempo que estuvieron casados vivieron con la sombra del problemático hermano de su marido: Vincent. Tal fue la unión de los hermanos que Theo murió apenas seis meses después del supuesto suicidio del pintor.

Con 28 años, Johanna se quedó viuda con un hijo de un año, cerca de 900 cuadros de su cuñado que nadie quería y todas las cartas que Vincent le había escrito a Theo. Lejos de amilanarse, esta luchadora comenzó a leer las cartas, descubriendo la intensidad del hermano predilecto de su marido, al que solo había visto en dos ocasiones. Con buen tino, paciencia y persistencia, empezó a prestar obras a exposiciones, organizar retrospectivas con la obra de Van Gogh e incluso vendió algunos cuadros, tanto a coleccionistas privados como a museos. Durante todo este tiempo también fue seleccionando, editando y traduciendo las cartas que escribió a su hermano, elaborando los tres volúmenes que configuran la conocida obra “Cartas a Theo”, permitiéndonos conocer mejor al torturado artista. Las cartas fueron el detonante de la fama del holandés que, unido a sus coloridos cuadros, calaron hondo en la conciencia general del público. En él encontraron un genio, complicado y en ocasiones incluso violento, pero un genio al fin y al cabo, que desarrolló un estilo artístico propio y fácilmente reconocible. Pese a sus segundas nupcias, Johanna nunca dejó de trabajar en el legado de Vincent Van Gogh.

La vida de Johanna, una mujer fuerte e inteligente, ha quedado prácticamente olvidada por la historia. Van Gogh fue un pintor entregado y original, pero sin la intervención de su cuñada sus cuadros seguramente hubieran sido destruidos en su casa de París, como pedían los vecinos. Con toda probabilidad, sin Johanna Van Gogh-Bonger no conoceríamos ni admiraríamos la belleza de la obra del holandés, que se habría sumido en el olvido en lugar de convertir a su pintor en inmortal.

A veces olvidamos lo importantes que pueden llegar a ser las personas que nos rodean y lo mucho que influyen en nuestras vidas. Nunca se sabe quién te va a cambiar la vida. O, en este caso, la eternidad.

Publicado en Diario de Ávila en enero de 2019.

Pereza

Me invade la pereza. Llevo unos días en lo que lo único que quiero hacer es dormir o vaguear. Mirar el tiempo pasar. Hace tiempo que sé que tengo que escribir este artículo, pero hasta eso, cosa rara en mí, lo he dejado para el último momento. No es que no sepa sobre qué escribir (que a veces pasa), ni que tenga el tan temido bloqueo del escritor (que sí, he tenido). Es que no me apetece. Mi cerebro se ha desconectado y se dedica a divagar sobre la belleza del campo y los sonidos de la naturaleza. Lejos del mundanal ruido ansío el descanso que el día a día parece no poder ofrecer igual. No enciendo ni la tele ni compro el periódico. El móvil está en silencio, como siempre, pero lejos. Debajo de un árbol la vida es más calmada y tiene otra perspectiva. Mi gran preocupación, y la verdad es que es una preocupación grande, son los mosquitos, las arañas y las avispas. O mejor dicho sus picaduras, porque ellos en sí no me molestan.
Limpio las macetas de las malas hierbas, que solo lo son porque nosotros así decidimos que lo sean. Veo escurrirse a las lombrices y las cochinillas. Planto flores nuevas. Me mancho las manos de tierra. Oigo el sonido de las ciruelas al caer del árbol. Los cuervos parecen discutir entre ellos. El tractor pasa por detrás de casa y rompe la calma natural. Las vacas mugen, corretean y los cencerros animan la caída de la tarde. Las montañas me rodean como una muralla protectora. De repente me doy cuenta, aún con el tractor dando guerra, de que me estoy limitando a describir lo que veo, lo que hago. Igual es que el cerebro no me da para más, también lo he parado. Y, sinceramente, es lo mejor que puedo hacer, no se puede ir siempre a la máxima velocidad. Ahora debería hacer una reflexión sobre la importancia de pararnos, de pensar, de reflexionar, pero este no es un artículo reflexivo, aunque algo se pueda sacar de él y todo lo anterior sea cierto. En algún momento se ha convertido en un proceso de escritura automática en el que escribo lo que se me va pasando por la cabeza, pero es tan básico que se limita a contar lo que hay. Y lo que hay es lo de siempre, o muy parecido. Eso que siempre reivindico, el valor del día a día. Apreciar cada momento que vivimos y percibir lo que realmente es la vida con entusiasmo, sabiéndolo apreciar. Porque de la noche a la mañana las cosas cambian y lo ordinario se convierte en extraordinario. Un día estás tomando unas cañas y al día siguiente no sabes qué va a pasar. Por eso hay que apreciar todas las cosas que conforman la rutina.
Hasta ese tractor que rompe la paz. Las nubes que han cubierto el cielo y que amenazan tormenta y que igual me limpian el coche. O las plantas que cuelgan del porche. El color de la buganvilla en esta época del año. Las hojas bajas del árbol, que tienes que podar, pero que te abanican. Eso de tener que quitar telas de araña cada día y matar mosquitos cada noche. Regar las plantas. Salir a tomar algo con los amigos, las cenas o las fiestas de los barrios.
Me invade la pereza. Llevo unos días en lo que lo único que quiero hacer es dormir o vaguear. Mirar el tiempo pasar. Me pregunto cuánto tiempo me va a durar. De momento, me limito a disfrutar, porque no siempre puede uno dejarse llevar y la pereza, como todo, también pasará.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2023

Mi Siri Hustvedt

Hace dos semanas, en mi último artículo, acababa diciendo que algún día hablaría de Siri Hustvedt. Y pensaba hacerlo, solo que no tan pronto. Sin embargo, hace unos días recibí mensajes de varios amigos comentando que le habían concedido el premio Princesa de Asturias de las Letras 2019. Por eso, es el momento de hablar sobre ella, homenajeando el título del artículo que escribió titulado “Mi Louis Bourgeois”, a su vez inspirado en “Mi Emily Dickinson”, de Susan Howe.

A decir verdad, la noticia me alegró mucho. Lo merece, sin lugar a dudas. Mi Siri Hustvedt es una mujer brillante, luchadora, con una formación tanto en artes como en ciencias que debería ser el paradigma del conocimiento actual. Doctora en Filología inglesa con una tesis sobre Dickens, también ha estudiado psicología. En este campo, su interés vino motivado por sus fuertes migrañas, de las que habla en uno de sus libros, especializándose en neurociencia. En la actualidad, escribe en revistas científicas y médicas e imparte conferencias sobre el tema, al mismo tiempo que también ha desarrollado estudios sobre filosofía, centrados en la figura de Kierkegaard. Hustvedt es una feminista reflexiva y posee una sensibilidad artística sin límites. No en vano, además de todo lo anterior, su oficio es el de escritora y sus novelas han sido traducidas a más de veinte idiomas. Mi Siri Hustvedt es un modelo de mujer moderna y preparada, el espejo en el que quiero verme reflejada.

Sin embargo, a pesar de todo, lo normal es que siempre la mencionen con otro título: la mujer del novelista Paul Auster. Con este curriculum, es muy duro en el siglo XXI ser conocida como “la mujer de” y es algo contra lo que mi Siri Hustvedt lleva luchando desde que contrajeron matrimonio. Seamos realistas, por muy erudita que sea, siempre que se habla de ella, el nombre de su marido sale a colación, cosa que no pasa al contrario. A mí me gustan mucho los dos, y como pareja me encantan, pero de la misma manera que ella nunca ha hablado de él ni de su matrimonio en ninguna de sus obras, Auster si lo ha hecho en varias ocasiones, y nunca se le ha calificado como “el marido de”.

El verano pasado, en la universidad de Columbia, en Nueva York, alma mater de ambos, vi otro indignante ejemplo de esta situación. En su librería colgaban banderas con las caras de los alumnos más ilustres, Obama entre ellos, y también Auster, que solo tiene una licenciatura. Pero Hustvedt, con su curriculum y doctora por esta universidad, no aparecía. Es más, mientras que de Auster tenían casi todas sus novelas, de ella apenas había libros. Esto me lleva a reformular mi tesis de hace dos semanas: las mujeres brillantes que se rodean de hombres que destacan también, acaban siendo invisibles.

Sin embargo, el pasado miércoles, la cobertura de la noticia fue bastante favorecedora. Apenas mencionaron a Paul, solo para informar que son la primera pareja en conseguir este premio (Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina deberían ser la segunda) y que lleva toda su vida luchando contra el “mujer de”. Por lo demás, hablaron de muchas de las cosas que hacen grande a mi Siri Hustvedt. ¿Habrá sido un paso adelante?

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2019.

Es muy recomendable ver el discurso que dio al recibir el premio.

Por otra parte, pese al valor que se le dio en si misma a la autora al recibir el premio, hubo un periódico que dentro de la cobertura de los premio publicó el titular ‘El novelista Paul Auster de cañas con su mujer por Oviedo’.

Impresión invisible

Berthe Morisot fue una de las figuras claves del impresionismo francés. Sin embargo, la historia del arte la ha relegado al segundo plano denominado “pintoras femeninas”. Aunque ahora se intenta recuperar su obra y se reivindica su figura, la triste realidad es que su importancia sigue siendo más orientada a su relación con los demás pintores que a su arte propiamente dicho. Ser cuñada de Édouard Manet e íntima amiga de Monet, Renoir o Degas parece más importante que ser mujer y artista en el siglo XIX. Morisot es más reconocida como modelo de Manet que como pintora, hasta tal punto que la biografía de la artista en la web del Museo Thyssen se centra en quién conoció y no en qué pintó. De hecho, la única obra que aparece mencionada en esta biografía es “El Balcón” de Manet.

Berthe Morisot estudió con un pintor de renombre, Corot y, pintando, conoció a Édouard Manet, quién la retrató en varias ocasiones y siempre con la presencia de terceros. El cuadro más conocido de estos posados es el mencionado “El Balcón”, una escena influenciada por Goya en la que una joven Morisot vestida de blanco y con gesto indolente mira a través de un balcón. Esta imagen desató todo tipo de rumores que llegan hasta nuestros días e incluso han llevado a realizar una película que no se centra en la figura de la francesa, sino en su posible relación con Manet. Años más tarde, Morisot se casó con el hermano del artista, y esto parece también más importante que la influencia real que los Manet tuvieron en ella: una relación directa con el arte más moderno de la época. Poca gente sabe, por ejemplo, que Morisot fue una de las fundadoras del impresionismo, ya que expuso en la primera exposición del grupo en 1874, junto a Degas, Cézanne o Monet.

¿Qué hace que hayamos relegado a Morisot? Pues que fue mujer y que su obra se interpreta (o juzga) centrándose en ello. A Berthe Morisot siempre se le ha acusado de pintar escenas de carácter doméstico, poco interesantes. Igual que todos los impresionistas. Solo que si Monet pinta su jardín, todo el mundo se fija en cómo sus pinceladas cortas y rápidas captan la luz, dando sensación de fugacidad. Si lo hace ella es una mujer pintando flores. Si Monet pinta a su mujer leyendo un libro, hace un retrato. Si ella hace lo mismo con su marido, es poco menos que un recuerdo. Si Renoir pinta unas jóvenes tocando el piano, ese cuadro aparecerá en todos los libros de música del mundo. Si Morisot pinta un cuadro similar, puede que ni aparezca en los libros sobre las “mujeres impresionistas”.

La pintura de Berthe Morisot ahondaba en los mismos temas que los demás impresionistas: mostrar lo que estaba sucediendo. Desgraciadamente para ella, ni su pincelada veloz, ni su temática moderna centrada en lo cotidiano como tema pictórico —una auténtica revolución para su época— se salvan de la etiqueta de “mujer”. Quizá los cuadros de Morisot tengan la suerte de ir firmados, algo en lo que también fue de las primeras, pero el drama de la artista es que cuando miramos su obra, no vemos su arte, tan solo a quiénes la rodearon, convirtiéndola de un modo cruel en invisible.

Lo peor es que en el siglo XXI sigue ocurriendo. Y, sino me creen, otro día hablaremos de Siri Hustvedt.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2019

Sobre el álbum ilustrado, el arte y la literatura

La literatura infantil y juvenil suele ser estudiada desde puntos de vista didácticos pero es la gran olvidada en los círculos literarios y artísticos, pasando por alto que es el primer contacto que tenemos los seres humanos con la palabra escrita y en algunos casos con el arte. Parte del problema reside en que la literatura infantil y juvenil tradicionalmente ha sido considerada un género menor, pese a que algunas de las obras que dieron lugar a este género, como Alicia en el País de las Maravillas, sigan siendo leídas a día de hoy y estudiadas en el mundo entero.

Hace siete años hice un estudio sobre el tema y la falta de bibliografía era apabullante. Desde entonces parece que el género está más tenido en cuenta pero, como siempre que hablamos de literatura infantil, no llega a tener el interés y el prestigio artístico que tienen cuando se habla del mismo tema enfocado para adultos. El estudio que se hace de este tipo de literatura queda relegado a las corrientes pedagógicas porque es un recurso muy utilizado por los maestros y los padres: sobre este aspecto, hay numerosos estudios. Sin embargo, muchas veces son obviados como las verdaderas obras de arte que algunos pueden llegar a ser, en un ámbito interartístico ya que lo que los hace verdaderamente especiales es la combinación de las artes verbales y las artes plásticas.

Las imágenes que encontramos en estos álbumes sirven, en primer término para completar la información que aparece por escrito, sin embargo, su utilidad va más allá, pues sirve para dotar a los niños de una cultura visual y gusto por la belleza. Al haber tal variedad de estilos de ilustración también trabaja el criterio propio, pues se ven obligados a elegir cuales les gustan más. A ciertas edades, la elección se va a basar en la imagen, no en el texto. El álbum ilustrado no solo es un género literario en sí, sino que, desde la perspectiva plástica podría ser considerado una forma artística innovadora, ya que ha abierto un nuevo mundo de posibilidades estéticas y de representación que se rinden a la belleza de estas pequeñas obras de arte. Por estos motivos, las ilustraciones también están avanzando, adaptándose a los tiempos, sin desdeñar las formas clásicas de ilustración. Respecto al ámbito literario, hay historias y narrativas para todos los gustos. Además de las historias que tienen tintes pedagógicos, podemos encontrar obras con marcado carácter poético, fantástico u onírico. Se cuidan las formas y las palabras, buscando la transmisión de mucho con poco y el goce de los sentidos desde muy temprana edad.

Cabe destacar que el auge del álbum ilustrado es tal, que en los últimos años las editoriales están llevando a cabo publicaciones de este tipo para adultos, con relatos cortos, poemas e incluso grandes novelas de autores muy conocidos. En estos casos se buscan ilustradores de renombre, que den al álbum un valor artístico añadido y como tal lo venden. Mientras tanto, el álbum ilustrado infantil, como toda la literatura orientada a la juventud, sigue considerándose menor y siendo tratada en un segundo plano por los círculos académicos. Quizás esto solo sea un síntoma más de la importancia que le damos al arte, la cultura y la infancia.

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2023

Quiero escribir como la Generación del 98

Quiero escribir como la generación del 98 como respuesta al lenguaje soez que abunda en nuestros días, como búsqueda de la elegancia y belleza que parecen olvidadas, como principio vital por el que rechazo la constante violencia y enfrentamiento al que nos vemos sometidos miremos por donde miremos. Todo vale, pero luego nos llevamos las manos a la cabeza, fingimos no comprender y exigimos responsabilidades por lo que estamos creando entre todos.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque yo también me siento desencantada con la sociedad que me ha tocado vivir, para poder sobrevivir a los tiempos de crisis que imperan en nuestro días, no económica, que también, sino moral y social. Cada vez son más las personas que sufren, por distintos motivos y de diferentes maneras, pero somos incapaces de atajar este problema y parece que realmente no nos importa. Porque estamos perdiendo los valores humanos que hacen avanzar a la sociedad y sin ellos nos precipitamos al vacío, un vacío donde necesitaremos un lenguaje bello que nos rescate, unas reflexiones pausadas que, aún cargadas de pesimismo, puedan guiarnos de nuevo hacia la humanidad que subyace en nosotros y que es la clave de la regeneración social. 

​Quiero escribir como la generación del 98 porque esta también es consecuencia de una revolución pedagógica, porque si sus autores, pese a sus gran variedad y sus distinciones, llegaron a conclusiones comunes y características representativas, fue por su relación con la Institución Libre de Enseñanza, que cambió los paradigmas pedagógicos y demostró la importancia de la educación y su funcionamiento al margen de la política y los planes de aprendizaje oficiales, como respuesta a los límites de la educación formal.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque además de belleza, en ella se desarrolló toda la cultura de su tiempo. Los valores filosóficos que se expandían por Europa llegaron de su mano a nuestro país, mientras que el impresionismo que surgía en París apareció en España en su lenguaje sencillo y sus frases cortas; en su predilección por el habla del pueblo y de la literatura hermosa que todos pueden comprender y por su interés en que aquellos que no sabían leer pudieran hacerlo.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque, pese a su pesimismo implícito, captaron la belleza castellana como nadie lo ha vuelto hacer: vieron en sus paisajes el rigor de la historia, la hermosura del vacío, la expresión del color. Porque comprendieron la tragedia de una tierra venida a menos que amparada en el pasado no evoluciona y se pierde por momentos, que encarna una nueva acepción de lo miserable y que, desde sus tiempos, no ha ido a mejor.  Revitalizaron el romance para hablar del amor que sentían por Castilla. Intentaron modernizarla sin perder su esencia, y en los lugares donde llevaron a cabo sus planes educativos aún se nota el valor de la cultura, pero también intentaron castellanizar el resto del país.

Quiero escribir como la generación del 98 porque, aunque al volver la vista atrás se vea la senda que nunca se ha de volver a pisar, todo se repite y siempre recorremos la misma ruta. Por ello, para los tiempos de crisis, necesitamos un espacio seguro para la expresión y la reflexión que pueda volver a llevarnos al camino que se hace al andar. Ese lugar ha sido siempre el arte y la cultura, pero hasta estos a veces parecen afectados por la crisis de nuestros días. ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón… Quiero escribir como la generación del 98 para dar salida a la frustración que supone la realidad que nos ha tocado vivir.

Publicado en Diario de Ávila el 27 de mayo de 2023