Mi Siri Hustvedt

Hace dos semanas, en mi último artículo, acababa diciendo que algún día hablaría de Siri Hustvedt. Y pensaba hacerlo, solo que no tan pronto. Sin embargo, hace unos días recibí mensajes de varios amigos comentando que le habían concedido el premio Princesa de Asturias de las Letras 2019. Por eso, es el momento de hablar sobre ella, homenajeando el título del artículo que escribió titulado “Mi Louis Bourgeois”, a su vez inspirado en “Mi Emily Dickinson”, de Susan Howe.

A decir verdad, la noticia me alegró mucho. Lo merece, sin lugar a dudas. Mi Siri Hustvedt es una mujer brillante, luchadora, con una formación tanto en artes como en ciencias que debería ser el paradigma del conocimiento actual. Doctora en Filología inglesa con una tesis sobre Dickens, también ha estudiado psicología. En este campo, su interés vino motivado por sus fuertes migrañas, de las que habla en uno de sus libros, especializándose en neurociencia. En la actualidad, escribe en revistas científicas y médicas e imparte conferencias sobre el tema, al mismo tiempo que también ha desarrollado estudios sobre filosofía, centrados en la figura de Kierkegaard. Hustvedt es una feminista reflexiva y posee una sensibilidad artística sin límites. No en vano, además de todo lo anterior, su oficio es el de escritora y sus novelas han sido traducidas a más de veinte idiomas. Mi Siri Hustvedt es un modelo de mujer moderna y preparada, el espejo en el que quiero verme reflejada.

Sin embargo, a pesar de todo, lo normal es que siempre la mencionen con otro título: la mujer del novelista Paul Auster. Con este curriculum, es muy duro en el siglo XXI ser conocida como “la mujer de” y es algo contra lo que mi Siri Hustvedt lleva luchando desde que contrajeron matrimonio. Seamos realistas, por muy erudita que sea, siempre que se habla de ella, el nombre de su marido sale a colación, cosa que no pasa al contrario. A mí me gustan mucho los dos, y como pareja me encantan, pero de la misma manera que ella nunca ha hablado de él ni de su matrimonio en ninguna de sus obras, Auster si lo ha hecho en varias ocasiones, y nunca se le ha calificado como “el marido de”.

El verano pasado, en la universidad de Columbia, en Nueva York, alma mater de ambos, vi otro indignante ejemplo de esta situación. En su librería colgaban banderas con las caras de los alumnos más ilustres, Obama entre ellos, y también Auster, que solo tiene una licenciatura. Pero Hustvedt, con su curriculum y doctora por esta universidad, no aparecía. Es más, mientras que de Auster tenían casi todas sus novelas, de ella apenas había libros. Esto me lleva a reformular mi tesis de hace dos semanas: las mujeres brillantes que se rodean de hombres que destacan también, acaban siendo invisibles.

Sin embargo, el pasado miércoles, la cobertura de la noticia fue bastante favorecedora. Apenas mencionaron a Paul, solo para informar que son la primera pareja en conseguir este premio (Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina deberían ser la segunda) y que lleva toda su vida luchando contra el “mujer de”. Por lo demás, hablaron de muchas de las cosas que hacen grande a mi Siri Hustvedt. ¿Habrá sido un paso adelante?

Publicado en Diario de Ávila en junio de 2019.

Es muy recomendable ver el discurso que dio al recibir el premio.

Por otra parte, pese al valor que se le dio en si misma a la autora al recibir el premio, hubo un periódico que dentro de la cobertura de los premio publicó el titular ‘El novelista Paul Auster de cañas con su mujer por Oviedo’.

Impresión invisible

Berthe Morisot fue una de las figuras claves del impresionismo francés. Sin embargo, la historia del arte la ha relegado al segundo plano denominado “pintoras femeninas”. Aunque ahora se intenta recuperar su obra y se reivindica su figura, la triste realidad es que su importancia sigue siendo más orientada a su relación con los demás pintores que a su arte propiamente dicho. Ser cuñada de Édouard Manet e íntima amiga de Monet, Renoir o Degas parece más importante que ser mujer y artista en el siglo XIX. Morisot es más reconocida como modelo de Manet que como pintora, hasta tal punto que la biografía de la artista en la web del Museo Thyssen se centra en quién conoció y no en qué pintó. De hecho, la única obra que aparece mencionada en esta biografía es “El Balcón” de Manet.

Berthe Morisot estudió con un pintor de renombre, Corot y, pintando, conoció a Édouard Manet, quién la retrató en varias ocasiones y siempre con la presencia de terceros. El cuadro más conocido de estos posados es el mencionado “El Balcón”, una escena influenciada por Goya en la que una joven Morisot vestida de blanco y con gesto indolente mira a través de un balcón. Esta imagen desató todo tipo de rumores que llegan hasta nuestros días e incluso han llevado a realizar una película que no se centra en la figura de la francesa, sino en su posible relación con Manet. Años más tarde, Morisot se casó con el hermano del artista, y esto parece también más importante que la influencia real que los Manet tuvieron en ella: una relación directa con el arte más moderno de la época. Poca gente sabe, por ejemplo, que Morisot fue una de las fundadoras del impresionismo, ya que expuso en la primera exposición del grupo en 1874, junto a Degas, Cézanne o Monet.

¿Qué hace que hayamos relegado a Morisot? Pues que fue mujer y que su obra se interpreta (o juzga) centrándose en ello. A Berthe Morisot siempre se le ha acusado de pintar escenas de carácter doméstico, poco interesantes. Igual que todos los impresionistas. Solo que si Monet pinta su jardín, todo el mundo se fija en cómo sus pinceladas cortas y rápidas captan la luz, dando sensación de fugacidad. Si lo hace ella es una mujer pintando flores. Si Monet pinta a su mujer leyendo un libro, hace un retrato. Si ella hace lo mismo con su marido, es poco menos que un recuerdo. Si Renoir pinta unas jóvenes tocando el piano, ese cuadro aparecerá en todos los libros de música del mundo. Si Morisot pinta un cuadro similar, puede que ni aparezca en los libros sobre las “mujeres impresionistas”.

La pintura de Berthe Morisot ahondaba en los mismos temas que los demás impresionistas: mostrar lo que estaba sucediendo. Desgraciadamente para ella, ni su pincelada veloz, ni su temática moderna centrada en lo cotidiano como tema pictórico —una auténtica revolución para su época— se salvan de la etiqueta de “mujer”. Quizá los cuadros de Morisot tengan la suerte de ir firmados, algo en lo que también fue de las primeras, pero el drama de la artista es que cuando miramos su obra, no vemos su arte, tan solo a quiénes la rodearon, convirtiéndola de un modo cruel en invisible.

Lo peor es que en el siglo XXI sigue ocurriendo. Y, sino me creen, otro día hablaremos de Siri Hustvedt.

Publicado en Diario de Ávila en mayo de 2019

Quiero escribir como la Generación del 98

Quiero escribir como la generación del 98 como respuesta al lenguaje soez que abunda en nuestros días, como búsqueda de la elegancia y belleza que parecen olvidadas, como principio vital por el que rechazo la constante violencia y enfrentamiento al que nos vemos sometidos miremos por donde miremos. Todo vale, pero luego nos llevamos las manos a la cabeza, fingimos no comprender y exigimos responsabilidades por lo que estamos creando entre todos.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque yo también me siento desencantada con la sociedad que me ha tocado vivir, para poder sobrevivir a los tiempos de crisis que imperan en nuestro días, no económica, que también, sino moral y social. Cada vez son más las personas que sufren, por distintos motivos y de diferentes maneras, pero somos incapaces de atajar este problema y parece que realmente no nos importa. Porque estamos perdiendo los valores humanos que hacen avanzar a la sociedad y sin ellos nos precipitamos al vacío, un vacío donde necesitaremos un lenguaje bello que nos rescate, unas reflexiones pausadas que, aún cargadas de pesimismo, puedan guiarnos de nuevo hacia la humanidad que subyace en nosotros y que es la clave de la regeneración social. 

​Quiero escribir como la generación del 98 porque esta también es consecuencia de una revolución pedagógica, porque si sus autores, pese a sus gran variedad y sus distinciones, llegaron a conclusiones comunes y características representativas, fue por su relación con la Institución Libre de Enseñanza, que cambió los paradigmas pedagógicos y demostró la importancia de la educación y su funcionamiento al margen de la política y los planes de aprendizaje oficiales, como respuesta a los límites de la educación formal.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque además de belleza, en ella se desarrolló toda la cultura de su tiempo. Los valores filosóficos que se expandían por Europa llegaron de su mano a nuestro país, mientras que el impresionismo que surgía en París apareció en España en su lenguaje sencillo y sus frases cortas; en su predilección por el habla del pueblo y de la literatura hermosa que todos pueden comprender y por su interés en que aquellos que no sabían leer pudieran hacerlo.

​Quiero escribir como la generación del 98 porque, pese a su pesimismo implícito, captaron la belleza castellana como nadie lo ha vuelto hacer: vieron en sus paisajes el rigor de la historia, la hermosura del vacío, la expresión del color. Porque comprendieron la tragedia de una tierra venida a menos que amparada en el pasado no evoluciona y se pierde por momentos, que encarna una nueva acepción de lo miserable y que, desde sus tiempos, no ha ido a mejor.  Revitalizaron el romance para hablar del amor que sentían por Castilla. Intentaron modernizarla sin perder su esencia, y en los lugares donde llevaron a cabo sus planes educativos aún se nota el valor de la cultura, pero también intentaron castellanizar el resto del país.

Quiero escribir como la generación del 98 porque, aunque al volver la vista atrás se vea la senda que nunca se ha de volver a pisar, todo se repite y siempre recorremos la misma ruta. Por ello, para los tiempos de crisis, necesitamos un espacio seguro para la expresión y la reflexión que pueda volver a llevarnos al camino que se hace al andar. Ese lugar ha sido siempre el arte y la cultura, pero hasta estos a veces parecen afectados por la crisis de nuestros días. ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón… Quiero escribir como la generación del 98 para dar salida a la frustración que supone la realidad que nos ha tocado vivir.

Publicado en Diario de Ávila el 27 de mayo de 2023

Castilla canta

La campa de Villalar durante el concierto de Nuevo Mester de Juglaría. Foto: Cristina Ortiz.

23 de abril. Pese a todo. Por fin.

​Quien les escribe lleva varios años sin poder ir a Villalar de los Comuneros para celebrar el Día de la Comunidad, pero hoy, mientras ustedes leen estas líneas, será donde me encuentre. Después una pandemia mundial que coincidió con en V Centenario del motivo de la fiesta, las ganas eran considerables. El año pasado, además, me pilló enferma y tuve que ver la fiesta desde Televisión Castilla y León, que siempre se vuelca en informar de la celebración de esta jornada. Lo que vi me partió el corazón: la campa vacía. Cierto es que era un día ventoso y lluvios, como en el que tuvo lugar la batalla de Villalar allá por 1521, pero realmente lo que se veía era una fiesta acabada. Hoy, sin embargo, todo apunta a que no lo será.

​En los años previos a la pandemia, la fiesta oficial que se hacía en la localidad vallisoletana, estaba bastante apagada. Iba menos gente, había menos celebración y el coronavirus parecía el remate final para que se quedase en algo anecdótico. Pero a principios de año comenzó lo que ha sido el impulso que la jornada necesitaba para volver a los orígenes y reivindicar lo que realmente es necesario reivindicar en esta tierra: la cultura. Primero vino el anuncio, que a muchos pasó inadvertido hasta que recientemente han mirado el calendario, de que la fiesta era en domingo pero no se pasaba al lunes. Después se decidió no financiar las actividades que se llevasen a cabo ese día. Estas dos acciones parecen haber revitalizado la fiesta y le han devuelto la esencia original: la de un pueblo que se reúne entorno a su cultura y busca en esta sus señas de identidad a través de la historia.

El sector cultural entiende la importancia de nuestra tradición y trabaja en su difusión, y desde el programa “Con la música en todas partes”, de La 7 de Castilla y León, junto con el Ayuntamiento de Villalar, han organizado la jornada como homenaje a Víctor Barrero, productor del programa que falleció el año pasado, por su constante difusión del folclore castellano. La jornada está protagonizada por aquello que los castellanos tendemos a ignorar pero no podemos olvidar: nuestras raíces. Castilla canta para reivindicar lo que somos, nuestros orígenes que el éxodo rural puso en segundo plano. Castilla baila para mostrar nuestra cultura en todo su esplendor, con sus picados y sus saltos. Castilla también lee, porque la palabra escrita ha sido siempre vehículo de denuncia, de recuerdo y de evolución. Castilla vuelve a la cultura y se reencuentra en ella porque es la manera que tenemos de construir las bases del mañana, de comprender la idiosincrasia del lugar al que pertenecemos y crear un futuro basado en lo que somos, no en lo que nos quieren convertir. Ese es el papel de la cultura en la sociedad y el motivo por el que muchas veces se intenta controlar, censurar y menospreciar. Y quizá, si la comprendemos mejor, podamos sentar las bases de un proyecto castellano para el futuro que se adecue a la historia, geografía e identidad de esta tierra. Mientras tanto, Castilla canta para recordar que nuestra fiesta se celebra el día 23 de abril.

Publicado en Diario de Ávila el 23 de abril de 2023

Arte

Arte desde que el hombre es hombre, desde que tiene espacios para crear, desde que tenemos conciencia de nuestra existencia. Arte como medio de expresión, para comunicar las ideas más elevadas del ser humano. Para demostrar que una parte de nosotros trasciende el tiempo, el lugar y la experiencia, que formamos parte de lo universal, que estamos unidos por un vínculo superior a cualquier otro. Un jarrón de girasoles, una cabeza de mujer sobre un cuerpo de león, una sinfonía romántica, una escultura que acaba de vencer a un gigante o un tutú blanco.

Arte para celebrar, esa expresión que sirve también para divertirnos y disfrutar del tiempo que pasamos en la tierra. Para recordarnos de dónde venimos y quiénes somos, para entender nuestras vivencias, para crear sentimiento de pertenencia y comunidad. Unir a un pueblo no es fácil, pero es la experiencia artística, en sus distintas variables la que puede crear mejor que nadie momentos de comunión. Un vestido colorido, el sonido de una pandereta, un mantón bordado con infinitos flecos o un tacón golpeado contra el suelo.

Arte para denunciar, para expresar la situación humana y la necesidad de algo mejor. Una manera distinta de intentar cambiar la realidad, de soñar con mundos distintos de aportar tu granito de arena al cambio. Arte para desahogarse, para sentirse comprendido. Para comprender que la realidad no nos satisface, que la condición humana flaquea, arte para justificar que los humanos somos capaces de hacer cosas buenas. Un cuadro sobre un bombardeo en blanco y negro que tardó años en llegar al lugar al que pertenece, un grafiti en un muro de Irán que muestra a unos niños jugando cuyas sombras ya son unos soldados que se disparan, un poema que habla de la muerte de un poeta o mil páginas sobre las distintas maneras de ser miserable.

Arte para crecer y evolucionar, para dejar atrás lo que forma parte del pasado y ver el mundo de manera diferente. Para encontrar nuevas formas de expresión para nuevas formas de sentir. Para soñar con lo que vendrá, para adaptarnos al entorno mientras creamos una mirada nueva. La evolución de un caballo ruso, el vestido imposible que desfila por la pasarela, la impresión de unos jóvenes en barco huyendo hacia el amanecer, el movimiento que toma elementos de danzas anteriores pero con ellas crea nuevas experiencias, esa canción que su autor afirma haber tardado ocho años en componer, pero en su diario escribe que han sido más, las olas que golpean las palabras con su cadencia y cambian la historia de la literatura.

Arte para agradecer y homenajear, para celebrar a los que han sido y son, para recordar el lugar del que vienes y, en la distancia, crear un recuerdo constante. Arte para sacar a relucir nuestros buenos sentimientos. Las figuras sobre la pared de un hospital que recuerdan a otros artistas para reconocer la labor de los que allí trabajan, ese cuadro verde que recuerda los prados de Castilla en primavera o el libro de poemas que recuerda a la amada fallecida y su enfermedad.

Arte para olvidar. Arte para descender a los límites de lo humano cuando no se puede más. Arte para redimirte cuando vuelves a empezar. Arte para luchar, Arte para callar y para hablar. Arte para amar. Arte para llenar el mundo de belleza y trascender. Arte para comprender que hay más. Arte para ser, Arte para vivir. Feliz día mundial del Arte.

Publicado ayer en Diario de Ávila.

Soy un artista. Marta Altés

Acercar a los niños al arte desde que son pequeños es una parte fundamental de su formación y desarrollo. El lenguaje simbólico esta presente en nuestra vida antes que el verbal. El arte puede ser considerado el primer idioma del mundo: las pinturas prehistóricas aún nos fascinan y estudiamos que representan tanto desde el punto de vista comunicativo como emocional. Los niños se expresan antes por medio de los dibujos que por escrito y sus pensamientos y emociones abstractas pueden ser comunicadas pictóricamente antes incluso de que ellos entiendan lo que significan. Por no hablar de los beneficios que la experiencia estética tiene sobre el desarrollo de su pensamiento y espíritu crítico. Por todo ello, para celebrar el Día Mundial del Arte, que se celebra mañana, vamos a hablar de un álbum ilustrado relacionado con el arte que sirve como introducción al mundo del arte para los más pequeños, no solo a la literatura y la pintura, también a la escultura. Libros como este son puertas excelentes para hablar con los niños sobre arte y artistas, pero también para crear nuestras propias obras de arte en casa si así lo deseamos.

“Soy un artista”, de Marta Altés, está protagonizado un niño excesivamente inquieto y creativo que mantiene un monologo interior en el que se desahoga sobre su visión del mundo y del arte y sobre cómo esta choca con la opinión de su madre. La obra, realizada con un estilo naif, con una imaginería infantil, coloreada con lápices de colores y embellecida con acuarela, comienza con imagen previa al texto, donde el protagonista de la historia, del que desconocemos el nombre, aparece pintándose un bigote como el de Dalí en el espejo. Por otra parte, el pequeño artista lleva la camiseta azul de rayas, como las que usaba Picasso y realiza unos móviles de clara inspiración de Alexander Calder así como unas obras en azul que hacen referencia directa a Yves Klein, pero todo ello sin citar a los artistas. También aparecen elementos del arte conceptual, la pintura mural y del Land Art.

Según avanza la historia, la autora e ilustradora juega con distintos aspectos técnicos que se combinan palabra e imagen, hablándonos así de la naturaleza, colores, movimiento, texturas o formas. Por otra parte, la artista juega con los fondos para buscar los efectos deseados. De esta manera, cuando la escena lo reclama, incluye fondos artísticos pero cuando quiere dar más un importancia los personajes deja el espacio en blanco.

En términos literarios, contrapone dos visiones, la visión grandilocuente del artista con títulos a sus obras que pueden recordar a los utilizados por artistas, fundamentalmente conceptuales, contra la visión de su madre, que solo ve un niño trasto. Por ejemplo cuando él ve “La soledad de la zanahoria abandonada”, la madre algo molesta ve “La cena inacabada”, todo siempre presentado desde la visión del niño incomprendido. El soliloquio del protagonista acaba con un intento desesperado por animar a su madre y hacerla feliz con su obra más grande.

Es un cuento muy bello, diseñado para el goce de pequeños y mayores, pero sí así lo deseamos, también puede ser un recurso pedagógico que nos sirva para investigar a los artistas que aparecen implícitos en la obra. Con preguntas para los niños o una breve introducción nuestra podemos hacerles participes de todo lo que este cuento incluye e investigar juntos sobre los artistas que ahí aparecen. Si no conocemos a los autores, podemos informarnos previamente y elegir las obras más adecuadas no solo para ver con nuestros hijos, sino también para poder llevar a cabo nuestras propias producciones, guiadas por el cuento que nos sirve de excusa. Por otra parte también se puede experimentar con los temas que aparecen en el cuento y que forman parte de la experiencia artística (naturaleza, color, movimiento, texturas y formas) sin vincularlas a ningún autor concreto: poniendo de ejemplo la creatividad del protagonista, plantear a los niños como utilizarían ellos estos elementos.

Un aspecto fundamental de la lectura con fines pedagógicos es la conversación sobre lo leído. Es la manera en la que, por un lado, aprendemos a expresar nuestras opiniones y razonarlas, pero también a través de la conversación y las preguntas podemos desarrollar el pensamiento crítico. En este caso, los temas para hablar de este libro serían la creatividad del protagonista y como canalizarla de una manera que no afecte a los demás, además de desarrollar un ejercicio de empatía con la figura de la madre.

Finalmente, se puede trabajar en un plano más literario, copiando los textos para que ellos realicen sus propias ilustraciones, eligiendo una parte del cuento y escribiendo la historia que hay detrás, volver a escribir el cuento siendo la madre quién lo narra o incluso escribiendo (e ilustrando) una nueva historia con el mismo titulo pero distinto argumento, que suele ser bastante difícil, ya que cuesta desligarse de lo ya escuchado.

Me gustaría concluir diciendo que es un libro lleno de detalles que no se ven a simple vista y que una de las actividades más importantes que podemos hacer con él es observarlo. Dedicar un tiempo para apreciar sus páginas, describirlas de manera oral, prestando atención a los detalles e incluso jugando a encontrar los detalles que hacen de este libro una auténtica obra de arte.


Título: Soy una artista
Autora: Marta Altés
Número de páginas: 32 Editorial: Blackie Little Books

Selección española de danza

Jamás olvidaré la primera vez que vi al Ballet Nacional de España (o eso espero). Fue en Valladolid, con el espectáculo de Sorolla. La sensación que causó en mí fue tan fuerte que durante el viaje de vuelta se me cruzaban fogonazos del espectáculo mientras hablaba o pensaba, y lo mismo me pasó al dormir. No recuerdo qué soñé, pero sí que, de repente, aparecían escenas de la obra en mitad del sueño. Puede sonar como un relato exagerado que roza la alucinación, pero fue así en realidad.
Y después, ninguna de mis visitas al teatro para verlos bailar me ha decepcionado. Si bien es cierto que ya no reacciono igual, seguramente porque el cerebro ya está preparado y sabe a qué atenerse, la emoción me embarga desde el momento que compro las entradas hasta un par de días después en los que aburro al personal diciendo lo buenos que son. Siempre sorprenden y siempre emocionan. No puedo apartar la vista de ellos, los pelos se me ponen de punta, a veces incluso estoy al borde de las lágrimas. Son como la selección española de danza. Pero una selección que gana siempre.
Pero, tristemente, son unos grandes desconocidos en nuestro país. Debido a un problema nominal (¡ay qué importantes son las palabras!) mucha gente los confunde con la Compañía Nacional de Danza, que es la que se dedica al ballet propiamente dicho. El Ballet Nacional de España se dedica a la danza española, esa que aúna la danza clásica con nuestras danzas regionales. Como en España tenemos una variedad de bailes enorme, dan una visión de la riqueza cultural de nuestra país muy acertada. Lo mejor es que esa visión viaja por todo el mundo.
El actual director del ballet, Antonio Najarro, siempre ha sido consciente de esta dura realidad y una de sus máximas ha sido acercar a la compañía a la gente en general y a los niños en particular. Desde que cogió la dirección hace 8 años, el ballet no solo ha disfrutado de su creatividad y sus acertadas decisiones escénicas, sino que ha desarrollado un programa para acercarse al público. Han abierto los ensayos, participado en los desfiles de la Madrid Fashion Week, hecho exposiciones en varios museos sobre la compañía, han lanzado un cuento, un videojuego… movimientos inteligentes para que los españoles se sientan más cerca de aquellos que viajan representando lo mejor de nuestro país.
No obstante, la mejor manera de conocer al Ballet Nacional de España, es viéndolos bailar. Es donde reside su arte, su mayor reclamo. Si lo haces, ya no los olvidarás e irás a verles siempre que te sea posible. Los que los han visto ya, estoy segura de que me darían la razón. Y los que no me creen este es el mejor momento para comprobarlo. Están de aniversario, cumplen 40 años y esta semana y la que viene actúan en el Teatro de la Zarzuela, en un espectáculo que repasa toda una vida de danza. En él podrán verse varias coreografías de la compañía que van desde sus comienzos con Antonio Gades al último montaje de Najarro, que deja la dirección el año que viene. Con lo difícil que están las cosas para la cultura, cuarenta años de danza son muchos años . ¿Por qué no celebrarlo con ellos?

Publicado en Diario de Ávila en diciembre de 2018

Calabacillas y amigos

Hay un consenso general por el que se considera a Diego de Velázquez como pintor de pintores. Muchos de los considerados grandes artistas le han estudiado, copiado y se han amparado en él cuando dudaban de su pintura. Goya, Manet, Degas, Sorolla, Picasso, Bacon… todos ellos han admirado al pintor sevillano aspirando a alcanzar su maestría. En sus cuadros podemos ver reflejado el conjunto de lo que será el arte posterior. Basta un detalle de un cuadro suyo para que te conquiste para siempre. 

​Sus temáticas son muy variadas, desde los escasos cuadros religiosos y mitológicos que pintó, las escenas reales, las pinturas conmemorativas hasta los retratos del personal del palacio, más conocidos como los Bufones de Velázquez. Estos últimos siempre han llamado mi atención. Al no estar directamente pagados por los retratados, no era necesario sacar favorecidos a los modelos, por lo que la libertad del pintor a la hora de realizarlos fue un factor a favor que hace que se consideren entre las obras cumbre del retrato. La pintura de los bufones, enanos y truhanes, nombres con los que se les designaba en la corte, se realizaba ya en el siglo VI y contemporáneamente a Velázquez hay otros pintores retratándolos, entonces ¿por qué esta obra del pintor sevillano es tan admirada y más relevante? Mucho se ha escrito sobre el tema. Por un lado, se destaca la libertad y la técnica que emplea, considerada por algunos estudiosos superior a la que utiliza para los retratos reales. Se ha llegado a afirmar que no hay lástima en su manera de pintarlos, pero tampoco una reivindicación, tan solo una mirada sobria y un pincel ya experimentado que intenta por encima de todo reflejar la realidad. 

Sin embargo, siempre que se habla sobre los bufones de Velázquez, es inevitable hablar sobre sus miradas, queintentan reclamar nuestra atención de una manera distinta a los demás retratos. Yo misma descubrí todo lo que representaba Velázquez a través de la mirada del bufón Calabacillas, que en apariencia consiste en dos sencillos puntos negros. La explicación de sus miradas es propia del barroco, donde destacan los grandes retratos que llaman la atención sobre la psicología del personaje desde la manera en que los ojos se dirigen al público, siendo en ocasiones la verdadera reveladora de intimidad. Esta interpretación alcanza su máximo exponente en esta obra de Velázquez, en la que la variedad de matices exige nuestra atención.Pero no es solo la mirada, es el gesto, la expresión corporal y hasta la ropa, vistiendo a alguno de ellos entero de negro, color reservado solo para el rey. La pintura del sevillano les imprime tal serenidad y formalidad que hace ineludible acercarse a ellos como las personas humanas que son, no como el oficio que desempeñaban, haciéndonos preguntarnos quiénes eran. Tanto es así que los personajes que aparecen en este tipo de obras de Velázquez han sido identificados y estudiados. Mi querido Calabacillas, don Sebastián de Morra, el Primo o Pablo de Valladolid han permanecido en nuestra cultura gracias a los retratos de Velázquez, y han hecho que sepamos sus sueldos, quién era el conquistador, cuál era violento, quién padecía una enfermedad y que uno solo fingía porque sus condiciones en la corte eran muy ventajosas. Todas estas historias son ciertas, la respuesta está accesible a todos en libros y en internet. O, si no, podéis ir al Museo del Prado y conocerlos. Una mirada os lo contará todo.

Publicado en Diario de Ávila en noviembre de 2022