Capitanes del pueblo

Corre el mes de abril. Los campos castellanos comienzan a teñirse de verde mientras avanzo en el coche. Atravieso un pequeño pinar y, al salir, tomo una curva pronunciada. Al dejarla atrás se vislumbra la silueta de un pueblo. La torre de la iglesia y sus casas viejas emergen ante mi como la sombra de un fantasma, recortada sobre horizonte, esperando, como cada año, la llegada de gente procedente de todos los rincones de Castilla, que harán de ella la capital de la comunidad durante un día. Por si el color de los campos, la bruma matutina y la silueta del pueblo no le dieran un tono suficientemente místico a la escena, cuando he tomado la curva acompañaba hasta la música. Después de muchos años sé calcular para que en ese giro, que será la primera toma de contacto suenen los versos más bellos sobre el lugar: «Ya apunta en el horizonte, ya aparece Villalar».
Este año, el del quinto centenario de la Revolución de Las Comunidades, este trayecto no lo puede hacer el día 23, ni lo hice en medio de una caravana, sino que lo hice después de ver la exposición en Las Cortes, que se suponía era el punto fuerte del centenario. Sin embargo, la muestra me dejó un sabor agridulce en la boca. Me explico: había piezas buenísimas, como la más publicitada, el cuadro de Gisbert, o el pendón de Francisco Maldonado, la sentencia de muerte de Padilla, Bravo y Maldonado, el perdón real y la Ley Perpetua de Ávila, documentos todos ellos de un valor increíble. Sin embargo, estas piezas se perdían entre un batiburrillo de cálices, armas y demás, sin mucha explicación. No voy a entrar en localismos diciendo que, una vez más Ávila ha sido relegada pese a su importancia, porque quizá, que ni siquiera los abulenses pongamos en valor un hito tan importante, pueda hacer que no tengan miedo a olvidarnos ya que pocos se quejarán.
Otro documento mal empleado es la copia del Romance de Los Comuneros de Nuevo Mester de Juglaría, que tiene las notas de los músicos para su adaptación y, que sin embargo, está cerrado, como primera edición del texto nada más. ¿Sorprendente? En absoluto, dado que los máximos difusores del movimiento comunero han sido ignorados y desdeñados durante todo el centenario, aún sabiendo que siempre son sinónimo de éxito, que han hecho más por revolucionarios del siglo XVI que nadie y que en la conciencia colectiva castellana, decir comuneros, es decir Nuevo Mester de Juglaría.
Pero los juglares de nuestro tiempo no decepcionan ni a sus fans ni a los comuneros. No iban ellos a quedarse sin celebrar el centenario. No solo nos representaron a todos en la noche del 22 al 23 de abril en Villalar, vean el video de La 8 de Valladolid en YouTube y verán en sus caras la emoción de todos los que faltábamos, sino que, en un homenaje conmovedor de un trabajo colosal, han hecho una nueva versión de la obra que los llevó a ser número uno en su lanzamiento y la han adaptado a formato sinfónico, llevando la obra a nuevas cotas de perfección y reivindicando así quiénes somos. En un centenario que se puede considerar una ocasión perdida de difusión y puesta en valor, han sido ellos una vez más quienes han dado el do de pecho, compensando todo lo que no se ha hecho. Espero que alguien tenga el buen ojo de darse cuenta de que esta obra debería ser tocada por toda la geografía castellana y todos podamos encontrarnos en auditorios y sentir juntos en el canto quinto que «los capitanes del pueblo», a día de hoy se llaman Nuevo Mester de Juglaría.

Publicado en Diario de Ávila en julio de 2021

Castilla canta

La campa de Villalar durante el concierto de Nuevo Mester de Juglaría. Foto: Cristina Ortiz.

23 de abril. Pese a todo. Por fin.

​Quien les escribe lleva varios años sin poder ir a Villalar de los Comuneros para celebrar el Día de la Comunidad, pero hoy, mientras ustedes leen estas líneas, será donde me encuentre. Después una pandemia mundial que coincidió con en V Centenario del motivo de la fiesta, las ganas eran considerables. El año pasado, además, me pilló enferma y tuve que ver la fiesta desde Televisión Castilla y León, que siempre se vuelca en informar de la celebración de esta jornada. Lo que vi me partió el corazón: la campa vacía. Cierto es que era un día ventoso y lluvios, como en el que tuvo lugar la batalla de Villalar allá por 1521, pero realmente lo que se veía era una fiesta acabada. Hoy, sin embargo, todo apunta a que no lo será.

​En los años previos a la pandemia, la fiesta oficial que se hacía en la localidad vallisoletana, estaba bastante apagada. Iba menos gente, había menos celebración y el coronavirus parecía el remate final para que se quedase en algo anecdótico. Pero a principios de año comenzó lo que ha sido el impulso que la jornada necesitaba para volver a los orígenes y reivindicar lo que realmente es necesario reivindicar en esta tierra: la cultura. Primero vino el anuncio, que a muchos pasó inadvertido hasta que recientemente han mirado el calendario, de que la fiesta era en domingo pero no se pasaba al lunes. Después se decidió no financiar las actividades que se llevasen a cabo ese día. Estas dos acciones parecen haber revitalizado la fiesta y le han devuelto la esencia original: la de un pueblo que se reúne entorno a su cultura y busca en esta sus señas de identidad a través de la historia.

El sector cultural entiende la importancia de nuestra tradición y trabaja en su difusión, y desde el programa “Con la música en todas partes”, de La 7 de Castilla y León, junto con el Ayuntamiento de Villalar, han organizado la jornada como homenaje a Víctor Barrero, productor del programa que falleció el año pasado, por su constante difusión del folclore castellano. La jornada está protagonizada por aquello que los castellanos tendemos a ignorar pero no podemos olvidar: nuestras raíces. Castilla canta para reivindicar lo que somos, nuestros orígenes que el éxodo rural puso en segundo plano. Castilla baila para mostrar nuestra cultura en todo su esplendor, con sus picados y sus saltos. Castilla también lee, porque la palabra escrita ha sido siempre vehículo de denuncia, de recuerdo y de evolución. Castilla vuelve a la cultura y se reencuentra en ella porque es la manera que tenemos de construir las bases del mañana, de comprender la idiosincrasia del lugar al que pertenecemos y crear un futuro basado en lo que somos, no en lo que nos quieren convertir. Ese es el papel de la cultura en la sociedad y el motivo por el que muchas veces se intenta controlar, censurar y menospreciar. Y quizá, si la comprendemos mejor, podamos sentar las bases de un proyecto castellano para el futuro que se adecue a la historia, geografía e identidad de esta tierra. Mientras tanto, Castilla canta para recordar que nuestra fiesta se celebra el día 23 de abril.

Publicado en Diario de Ávila el 23 de abril de 2023

Muerte de Padilla, Bravo y Maldonado

Mil quinientos veintiuno, y en abril para más señas. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas desde la partida de Torrelobatón cuando Juan de Padilla y Juan Bravo abandonaron sus celdas. El sol surgía por los encharcados campos de Castilla mientras los cabecillas comuneros montaban en las mulas que los habían de llevar al cadalso. Desde su acémila, Padilla veía las caras de la gente que había salido a despedirse de ellos. Pesarosos, bajaban la cabeza al pasar los líderes comuneros ante ellos. El pueblo los rendía silencioso tributo, pues era lo único que podían hacer.

​No sería ruidosa esta ejecución. Castilla, muda, se agolpaba en las calles que llevaban a Padilla y a Bravo hacia la muerte, pero lejos de insultar o jalear, como se hacía en estas ocasiones, la melancolía invadía a la concurrencia. Tan solo rompían el silencio los redobles del tambor y los cascos de las mulas. Los comuneros llevaban las cabezas altas, sabedores de su honra. Habían luchado por el pueblo y habían llegado hasta el final. Ya en la plaza de Villalar, subieron los escalones que los llevaban a la muerte. Con una dignidad majestuosa, escucharon la sentencia. 

«En Villalar, a veinte e cuatro días del mes de abril de mil e quinientos e veinte e un años, el señor alcalde Cornejo, por ante mí; Luis Madera, escribano, recibió juramento en forma debida de derecho de Juan de Padilla, el cual, preguntado si ha sido capitán de las Comunidades de estos reinos contra el servicio de sus majestades, dijo que es verdad que ha sido capitán de la gente de Toledo e que ha estado en Torre de Lobatón con las gentes de las Comunidades, e que ha peleado contra el Condestable e Almirante de Castilla, gobernadores de estos reinos, e que fue a prender a los del Consejo e alcalde de sus majestades.

Lo mismo confesaron Juan Bravo e Francisco Maldonado haber sido Capitanes de la gente de Segovia e Salamanca. Este dicho día, los señores alcaldes Cornejo, e Salmerón, e Alcalá dijeron que declaraban e declararon a Juan de Padilla e a Juan Bravo e a Francisco Maldonado por culpables por haber sido traidores de la corona real de estos reinos y en pena de su maleficio dijeron que los condenaban e condenaron a pena de muerte natural e a la confiscación de sus bienes e oficios para la cámara de sus majestades, como traidores»

​A Juan Bravo le hirvió la sangre al oír que les llamaban traidores. Incapaz de contenerse, avanzó hacia el verdugo.

​—Jamás podrá nadie llamarnos traidores. Solo fuimos los defensores de la libertad del reino. 

​El pueblo se revolvió ante las palabras de su líder. Todos los presentes habían apoyado la causa, aunque no se hubieran implicado Sentían impotencia al oír llamar traidores a sus valientes capitanes, pero nadie alzó la voz. El miedo dominaba a los castellanos que presenciaban el final de la revolución.

​—¡Callad, señor Bravo! ¡no sois más que un traidor condenado a la horca! —respondió el alcalde Cornejo.

​—¡Mentís, alcalde! —respondió Bravo—. ¡Miente el pregonero! ¡Mentís todos! 

​El alcalde Cornejo le golpeó con su vara en pecho por toda respuesta. La muchedumbre contuvo el aliento ante la última humillación que habría de sufrir uno de sus líderes. Apunto estaba el segoviano de responder cuando Juan de Padilla avanzó hacia él y apoyando sus esposadas manos en sus brazos le dijo:

​—Señor Juan Bravo, ayer era día de pelear como caballero, y hoy de morir como cristiano.

​Bravo miró a su capitán por última vez y avanzó hacia el verdugo.

​— Matadme a mi primero, pues no quiero ver la muerte del hombre más valiente del reino. ​

​Juan Bravo se tumbó en el suelo y apoyando la cabeza miró una vez más su tierra antes de morir degollado. Padilla cerró los ojos ante el sonido del filo surcando el aire, que hizo retroceder a la concurrencia que, hipnotizada, miraba la escena. Instantes después, fue él, Juan de Padilla, quien se tendió junto al cadáver de su compañero. Aunque no se notó, al tumbarse junto al cuerpo sin vida de su amigo, le faltó el valor. En aquel momento supo que no había marcha atrás, que había perdido todo cuánto amaba y que había llegado el fin. Para darse fuerzas, y que ni los intestinos ni las lágrimas delatasen su pánico, murmuró en voz baja, apenas perceptible hacía Bravo:

​—¿Ahí estáis vos, buen caballero?

​Lágrimas surcaban los rostros del pueblo mientras el tambaleante verdugo volvía a levantar su hacha. Aún queriendo morir con el valor con que vivió, Padilla intentó tranquilizarse, pensando en su amada María, la Leona de Castilla que habría de mantener la lucha en Toledo seis meses más. Cuando oyó al verdugo prepararse, el corazón de Padilla se aceleró y volvió viajar por última vez por su querida Castilla, la tierra por la que había luchado. Desde Santander hasta Sevilla, pasando por cada pueblo, cada campo, cada ciudad. León, Logroño, Guadalajara o Alicante, todas pasaron por su cabeza en aquellos últimos instantes. Pero con el sonido del hacha rompiendo el aire, Padilla volvió a Toledo, y cuando el filo reventaba su cuello, Juan de Padilla yacía en brazos de su mujer María.

​En silencio seguía instalado en la plaza, ni un alma se atrevía a hablar, a romper el hechizo en que parecía sumido el pueblo. En dos picotas colocaron sus cabezas, allí permanecerían para que el pueblo supiera el precio de la traición. Aquel no sería el final de la jornada. Al caer la noche Francisco Maldonado seguiría la misma suerte que sus compañeros.

Durante algún tiempo, la cabeza de sus líderes comuneros, quedarían expuestas en Villalar.

Publicado en diario de Ávila el 24 de abril de 2021, quinientos años después de que se ajusticiase a Juan de Padilla, a Juan bravo y a Francisco Maldonado.

Batalla de Villalar

Ya apunta en el horizonte, ya aparece Villalar.

Juan de Padilla se reunió con Juan Bravo y Pedro Maldonado para disponerse a la lucha. Desde sus caballos, mientras la lluvia los mojaba,los capitanes comuneros concretaron un plan: las eras que rodeaban la población eran barro puro, no tendrían ninguna opción frente a los hombres del rey. Lo mejor sería atacar desde el pueblo. Allí podrían resguardarse, resistir y solo salir a campo abierto en caso de que fuera necesario. Las órdenes llegaron a los soldados comuneros, que corrieron presto a las calles de la villa.

​Padilla organizaba a los lanceros, pero no perdía de vista a sus demás hombres y veía montar los cañones bajo la lluvia que no daba tregua. Evitaban los charcos para no estropear la pólvora y se afanaban en prepararse, pero se les resbalaban las piezas de las manos. Los imperiales galopaban hacia ellos, lanza en ristre, preparados para atacar, y los comuneros empezaban a disparar cuando algunos soldados se asustaron y decidieron huir lo más lejos de la batalla, soñando con volver a sus casas o encontrar cobijo de la lluvia, de agua y de pólvora que los rodeaba.

​Ante la dispersión general, los capitanes galopaban hacia sus hombres y los arengaban, sabedores de que necesitaban ánimo.

​—¡Por la reina Juana! —gritaba Francisco Maldonado, lanzándose al galope.

​—¡Libertad! —gritaba Padilla mientras los jinetes se enfrentaban a los imperiales. 

​Pero la batalla duró poco. Los inexpertos soldados comuneros seguían huyendo en todas las direcciones mientras los hombres fieles a Carlos I los atacaban desde sus caballos, les daban rápida muerte, o los herían con crueldad, para que se desangraran lentamente. Juan de Padilla luchaba con fiereza, pero seguía teniendo ojos en todas partes, que le iban partiendo el corazón a cada estocada, sabedor del destino de los hombres que confiaron en él. En su avance, los imperiales apresaron a los dos primos Maldonado. Juan Bravo y él siguieron luchando. Era un auténtico espectáculo verlos guerrear bajo el incesante aguacero. Juan Bravo se enfrentaba al enemigo sin descanso, empuñaba su espada con fiereza, sin pensar en el mañana. Juan de Padilla, luchaba desde su caballo, sin dejar de animar a sus hombres. 

​—Gente de honor como ellos, buenos guerreros y valientes hasta el final no hay en todas partes —le comentó el condestable Velasco al almirante Fadrique.

​—Da igual—respondió el segundo—. Cuanto antes los apresemos, antes acabará esta farsa. No tienen nada que hacer, pero los pocos que luchan lo seguirán haciendo si sus líderes siguen en pie. 

​Dieron la orden. Los jefes debían de ser los primeros en caer.

​Padilla, desde su caballo, al ver a un grupo de soldados correr para combatir juntos contra Juan Bravo, intuyó la orden. Pese a su fuerza y valor, el capitán segoviano fue apresado sin llegar a soltar su espada. En ese momento, Padilla intuyó su destino. El capitán de las tropas comuneras veía caer a sus soldados, olía la muerte de sus compañeros y oía el fragor de la batalla, cuando un nutrido grupo de imperiales llegó hasta él. A caballo chocaron sus espadas. Aun siendo solo uno, se defendía con presteza. Cada estoque resonaba en su alma como un comunero perdido, cada vez se enfrentaba a ellos con más fiereza. Pero sus adversarios se cansaron y recurrieron al juego sucio. Le atacaron las piernas para tirarle del caballo. Un dolor lacerante hizo caer a Juan de Padilla de su montura y apenas sintió el golpe de su espalda contra el suelo, vio a sus combatientes ante sí. Como si de unos vulgares maleantes se tratasen, la emprendieron a patadas contra el comunero. Sus costillas, sus piernas, su cabeza… le molieron a golpes, con tal saña que Padilla dejó de sentir dolor. Una vez satisfechos sus más bajos instintos, la desenfocada mirada del capitán vio ante sí una cara irreconocible. Uno de sus  rivales empuñaba su espada contra él. Don Juan comenzó a rezar, sabiendo que era su final. Apenas había lanzado un último pensamiento a su mujer, sintió el filo arrastrarse por su cara, marcándole para siempre. Entonces lo comprendió. Mientras sentía su sangre caliente en la cara, mezclada con el barro y la lluvia de abril, se detuvo el sonido de la contienda. Solo oía a su gente morir. Todo había acabado, pero él no caería en la campa de Villalar. Su muerte sería pública. Había de servir de ejemplo a toda Castilla.

​Vencidos los capitanes, acabó la última batalla de la revolución. Mientras remataban a los heridos, llevaban a los cabecillas hasta el pueblo para encerrarlos y acabar así con la contienda. Los nobles se reunieron en el concejo, bajo la luz de las antorchas y con el sonido de la lluvia de fondo para decidir el destino de los comuneros.

​—La sentencia del rey fue clara: los comuneros seglares han de morir — dijo el duque de Medinaceli, apurando su copa de vino.

​—Pero deberían tener un juicio justo— declaró el conde de Benavente.

​—¿Qué juicio? —reclamó Medinaceli— ¿No te parece bastante clara la orden que mandó Carlos I desde Worms?

​—Quizá podamos ajusticiar a los cabecillas —intercedió el almirante de Castilla—. A Juan de Padilla, Juan Bravo y Pedro Maldonado los mataremos sin más tardanza, en la próxima madrugada, para acabar con la revuelta inmediatamente. Los demás que esperen un juicio. No corre tanta prisa. 

​—Pedro Maldonado es mi primo —saltó de nuevo el conde de Benavente, dejando su copa sobre la mesa con un sonoro golpe—. No puedo consentir su muerte.

​—Se ha levantado contra el servicio de su majestad. Es un traidor.

​—No lo niego —respondió Benavente llevándose las manos a la cabeza. Hizo una pausa para asimilar los que aquello suponía para su linaje y luego prosiguió—. Y debe pagar. Pero os pido que le condonéis la vida. 

​—Los capitanes deben morir —dijo el duque de Medinaceli, aún enardecido, dando un puñetazo que hizo temblar la mesa.

​—En tal caso, podemos darle otro Maldonado —razonó el Contestable—. Dejemos a su primo en la cárcel, mientras que Francisco Maldonado, primo de este, morirá en su lugar.

​El conde de Benavente no parecía seguro, pero sabía que era la única opción. El conde de Haro había salido con sus tropas a perseguir a los huidos. Afortunadamente, todo había llegado a su fin, y la familia Maldonado debía pagar su traición.

​—Sea, pues, —dijo el conde—. Don Pedro vivirá en la cárcel, mientras Francisco Maldonado morirá en la picota mañana.

​Pronto avisaron a los jueces, que firmaron la sentencia de muerte de los cabecillas de la revolución de los comuneros. Los nobles celebraron su decisión con comida y vino. Muchos lo festejaban alegres, pues habían odiado a aquellos hombres desde el principio. Otros, que tenían relaciones con los rebeldes, pensaban solo en el fin de la guerra, pero en fondo sopesaban lo que aquello podría suponer para el reino. 

​Esa última noche, los lideres esperaban su destino en las celdas. Mandaron llamar a unos frailes, que les tomaron confesión y les dieron la última comunión. Los cabecillas comuneros eran nobles caballeros y oraron piadosamente mientras sentían la muerte acercarse. Habían obrado como les dictaba su conciencia, pensado en los demás. Sabían desde el principio cuáles serían las consecuencias si fracasaban. Finalmente se enfrentaron a la última despedida. La titilante luz de las velas se proyectaba sobre los desnudos muros de la celda, mientras Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado se despedían por escrito de aquellos a quienes aún amaban.

En las eras que rodeaban Villalar caía la noche y, con ella, el silencio. La campa estaba llena de cadáveres ensangrentados, vencidos en batalla. Mudo quedó aquel día el campo castellano.

Publicado en Diario de Ávila el 23 de abril de 2021, con motivo del V Centenario de la Batalla de Villalar.

 

 

En Torrelobatón

Ilustración: Julio Veredas

En Torrelobatón Padilla se impacienta de esperar.

Anochecía cuando el líder de los comuneros miraba al horizonte desde lo alto de la torre del castillo. Apoyado en un adarve sin almenar, observaba los campos de Castilla perderse en el infinito. Por un instante, la lluvia de abril había dado una tregua y solo el verde impoluto de los prados sin árboles, como el castillo sin almenas en que se hallaba, se extendía ante él. Breves instantes de paz. Pero duraron poco. La lluvia volvió débilmente, recordándole la carga que llevaba sobre sus hombros. Padilla tenía que tomar una decisión. Las patrullas de reconocimiento le habían sido claras: los imperiales, cercanos a Torrelobatón, estaban reuniendo un poderoso ejército, muy superior al suyo. Al principio solo luchaban contra los flamencos, que ni si quiera hablaban castellano, que Carlos I había dejado en el gobierno, pero poco a poco se les habían unido algunos miembros de la nobleza castellana. Mientras estudiaba el terreno oyó unos pasos a su espalda. Pronto Juan Bravo se encontraba junto a él.

​—Va a llover otra vez— le dijo el capitán segoviano.

​—Y no va a parar en los próximos días—respondió Padilla— ya se sabe “son de abril las aguas mil”.

​—¿Has tomado una decisión?

​Padilla meditó unos instantes, abarcando la inmensidad del campo castellano con la mirada, mientras se mesaba la barba. Sus tropas querían partir. Todos sabían cuál era la situación. Quizá había retrasado demasiado la decisión. Igual había sellado ya el destino de los comuneros.

​—No podemos defender el castillo. Es imposible.

—Lo sé. Creo que todos lo sabemos— coincidió Bravo.

​—He intentado permanecer aquí todo el tiempo posible, esperando que nos llegase el dinero para pagar a la soldada. Pero no llega y empiezo a pensar que no llegará.

​— Si no hacemos algo pronto, seguirán las deserciones. Ya hemos perdido mucha gente. 

​—No solo eso, los imperiales están al caer. Lo sabemos desde hace tiempo — Padilla miraba al horizonte, como si esperase verlos aparecer de un momento a otro—. Tan solo nos separa una legua. Puede ser mañana, puede ser pasado o puede ser en una semana, pero llegarán a nosotros y si seguimos aquí no podremos resistir.

​— Entonces… ¿nos vamos?

​Padilla asintió despacio.

​—A Toro.

​Juan Bravo dejó de mirarle, centrando su atención en el infinito verde que se extendía ante ellos. En apenas unos meses, el color esmeralda de los prados se habría tornado oro castellano. Los dos líderes comuneros miraban en la misma dirección, barajando mentalmente las opciones cuando la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Los jóvenes se resguardaron en uno de los ocho torreones redondos que coronaban el castillo de Torrelobatón.

​—El viaje es a campo abierto —apuntó Juan Bravo—. Si nos siguen, será una batalla difícil.

​—Lo sé. En realidad, no tenemos muchas opciones —reconoció Padilla—. La única alternativa es llegar a Toro. Aquí no tenemos medios para resistir el asedio y en campo abierto la diferencia de número sería insalvable. 

​—Recemos por llegar a Toro —dijo Bravo, llevándose la mano a la cruz roja que lucía en el pecho—. Con esta lluvia será difícil.

​—Seguramente tengamos que luchar en el camino. Pero lucharemos hasta el final. La traición de Pero Laso de la Vega ha supuesto un duro golpe, no solo se ha pasado al bando real, también se ha llevado parte del ejército. Pero nosotros tenemos algo de lo que él carece: el honor. Quedemos los que quedemos, en las condiciones que hagan falta, aunque vayamos perdiendo. Es cierto que la mayor parte de nuestros hombres no son soldados profesionales, son gente del pueblo, sin formación, pero sobrados de valor y creyentes en la causa —por un instante, Juan de Padilla volvió a mirar el horizonte, hipnotizado. Bravo esperó, sabía que su capitán no había acabado—. Sí, compensaremos cualquier deficiencia con el valor. Jamás nadie podrá acusarnos de no llegar hasta el final por la causa de Castilla. Lucharemos hasta el final. 

​—En ese caso, debemos bajar y disponerlo todo para partir —respondió Juan Bravo, al tiempo que apoyaba su mano en el hombro de Padilla.

Los seis mil hombres del castillo tardaron varias horas en estar listos para partir, con las lanzas, escopetas y cañones. Cuando al fin salieron de Torrelobatón, apuntaba el nuevo día sobre las nubes que cubrían el cielo, y que parecían cerrarse sobre los comuneros que marchaban hacía Toro. La meseta, convertida en un barrizal, dificultaba el avance de las tropas, trabadas, encalladas en el lodo y azotadas por el viento achubascado. El paisaje no era más que una escena difuminada sobre papel, del cual solo podía esperar que cambiase pronto por la muralla de Toro. Luchar contra el aguacero consumía sus energías, a cada paso el agotamiento era mayor.

​Poco tardaron los imperiales en saber de la marcha de los comuneros.  El condestable y el almirante de Castilla estaban preparados para la contienda, y pese al tamaño de su ejército, poco tardaron en movilizarse. No en vano, ellos sí eran un ejército profesional, adiestrado y preparado para la batalla.

​Pronto supo Padilla de su acecho. Como hombre de honor, supo que debían buscar un lugar para luchar, en lugar de huir. Dio órdenes a sus gentes.​

—¡Desplegad los pendones! ¡Qué redoblen los tambores! —gritó desde su caballo— ¡Qué no nos crean cobardes que huyen! ¡Preparaos para luchar!

Siguiendo el regato del Hornija, Juan de Padilla decidió que Vega de Valdetronco era el lugar idóneo para luchar y así dio la orden. Pero la lluvia, el ruido y el caos, impidieron que la vanguardia del ejército oyera su orden. El ejercito comunero avanzaba directo a Villalar.

Publicado en Diario de Ávila el 22 de abril de 2021, quinientos años después de que los comuneros salieran de Torrelobatón camino de Villalar.

Los comuneros

Condena a muerte de Padilla, Bravo y Maldonado.

Hace dos años, en medio de una pandemia mundial, se celebró el V Centenario de la Revolución de las Comunidades de Castilla. El 23 de abril, el día más esperado, había cierre perimetral y no se podía acudir a la localidad vallisoletana de Villalar de los Comuneros, donde quinientos años antes había tenido lugar la batalla que lleva su nombre y que supuso el golpe definitivo a esta revolución, la primera liberal de la historia.

En vista de lo complicado que se hacía celebrar un momento crucial de nuestra historia, me puse en contacto con Diario de Ávila para llevar a cabo un pequeño homenaje. Durante los días más importantes de aquellas jornadas de abril publiqué novelados los momentos más destacados: El 22 de abril la salida de los comuneros del Castillo de Torrelobatón, el 23 la batalla de Villalar y el 24 el ajusticiamiento de los líderes comuneros. Esta narración, como no podía ser de otra manera, está muy influenciada por El Romance de Los Comuneros de Luis López Álvarez que posteriormente musicalizaría Nuevo Mester de Juglaría.

Además de mi narración en esos días aparecieron artículos de expertos, hablando de aspectos más históricos, literarios y musicales.

Durante los próximos días publicaré esta historia en tres capítulos que desde entonces no ha habido ocasión de volver a leer.

Como dije en el título que escribí en 2019 y que he compartido recientemente quiero seguir insistiendo en que es una historia que ocurrió hace 500 años y es en ese tiempo en el que se encuentra su contexto, no en el actual.

Así que prepárense para un viaje en el tiempo. Qué lo disfrutéis.

Celebremos lo que somos

Imagínense en el cine. Un cubo de palomitas en el regazo, su olor inunda la sala. En pantalla Sean Bean (más conocido como Boromir en El Señor de los Anillos o Ned Stark en Juego de Tronos). Como de costumbre, se encuentra frente al cadalso. Se adelanta y exclama “¡Cumplid pronto la sentencia! ¡Pero llamarnos traidores, nadie puede en esta tierra! ¡Mientes tú, vil pregonero, y aquel a quien obedezcas!” Otro hombre (igual Liam Neeson, Oskar Shindler en la Lista de Shindler) le apoya la mano en el hombro y responde: “Ayer era día de pelear como caballeros, señor Bravo, hoy es día de morir como cristianos”. Sean Bean se vuelve al público congregado, mirándolos uno a uno. Después se dirige al verdugo y le pide que le mate a él primero, pues no quiere ver la muerte del hombre más noble de Castilla. Fundido a negro. En letras blancas se cuenta que, tras la Batalla de Villalar, Toledo resiste sublevada seis meses más, dirigida por María Pacheco, viuda de Padilla, que se exiliará en Portugal. Sin embargo, Castilla acabará siendo el centro del gobierno de Carlos V, que aprenderá castellano y cumplirá con algunas de las reclamaciones de los comuneros.


Los castellanos a menudo decimos que el día de nuestra fiesta regional es una derrota, pero celebramos lo que para algunos historiadores fue la primera revolución liberal de la historia, igual que los franceses celebran la revolución francesa, que desembocó en la dictadura de Napoleón. Fueron los primeros en alzarse contra lo que creían injusto. Y eso, en el contexto del siglo XVI es un avance enorme, pero nos empeñamos en ver esa historia con los ojos del siglo XXI. Los historiadores que me rodean siempre repiten que la historia hay que verla en el contexto en que ocurrió, no en el de nuestra época, pero el 23 de abril algunos lo reivindican como propio, otros lo relegan, la mayoría no tenemos donde vernos reflejados y así olvidamos uno de los capítulos más épicos de nuestra historia, que parece “made in Hollywood”. Igual que no politizamos la batalla de Lepanto o la toma de Granada, celebremos lo que somos, como una comunidad unida que se respeta, sin política, con jotas y hornazo. No olvidemos que somos la comunidad de Isabel la Católica, Suarez, Delibes y otros tantos. La que presume de Campos de Castilla, del Duero y los girasoles. La del Nuevo Mester de Juglaría. ¡Qué bonito sería que en Ávila se hiciera algún acto por este día! Tirando de los de casa y sacando la tradición a la calle, Urdimbre bailando y Trebejo tocando.

El 23 de abril es también el día del libro. Un día para festejar lo que somos, lo que nuestra tierra y libros han hecho de nosotros. Párense un momento y piénsenlo, ¿serían ustedes los mismos si no hubieran crecido o vivido aquí? ¿No nos han dejado huella nuestras costumbres, nuestros paisajes, nuestro clima? ¿Nada nos han aportado, para bien o para mal, los libros que hemos tenido que leer y los que no? ¡Levantemos la cabeza y celebremos quienes somos! Y acabo con la pregunta que, entre las muchas páginas que se han escrito sobre nuestra tierra, nos hizo un poeta paseando por nuestros campos: Castilla, ¿espera, duerme o sueña?

Publicado en Diario de Ávila en abril de 2019