tras este fin de semana tan real, traigo una lectura de pompa y circunstancia que hará las delicias de los amantes de los libros. Para este mes de mayo vuelvo a proponer un libro sobre libros cuya protagonista es, nada más y nada menos, la reina Isabel II del Reino Unido. En “Una lectora nada común” encontramos que la reina, por accidente y para quedar bien, acaba convertida en una auténtica devoradora de libros, que no solo quiere leerlos, sino que además quiere compartirlos y disfrutarlos y poder hablar de ellos con más personas. Según crece su pasión por la lectura, el deber deja de ser lo fundamental y su entorno empieza a ver lo peligroso que puede ser el nuevo hábito de su majestad. Por otra parte, ella ve un antes y un después en su vida y en su manera de actuar y conforme crece su pasión, crece también su humanidad y sus ganas de experimentar. Y así todos podemos vernos reflejados en la reina mientras lee, busca sus próximas lecturas y desarrolla una relación muy curiosa con la persona con la que puede hablar de libros: un pinche de cocina. Espero que disfrutéis de esta nueva visión sobre nuestra pasión común.
En ‘Cuaderno del año del Nobel’, de publicación póstuma, José Saramago escribe: “Sigo diciendo que la literatura no cambia el mundo, pero cada vez más voy teniendo razones para creer que la vida de una persona puede transformarse con un simple libro”. No sé si lo haría a posta pero, para mí, el portugués cae en una paradoja. Si la vida de una persona puede alterarse con tan solo una lectura ¿no le da esto a la literatura el poder de cambiar el mundo? Cuando un libro tiene el potencial de transformar a un individuo, el mundo se verá beneficiado de ese pequeño cambio, pues los grandes empiezan por pequeñas acciones. Un estudio publicado hace algún tiempo, se hace eco de que aquellas personas que leyeron a Harry Potter en la infancia demuestran una mayor empatía hacia el sufrimiento ajeno, como consecuencia de la exposición a las dramáticas historias del protagonista. Si tenemos en cuenta que las ventas de Harry Potter superan los 500 millones en todo el mundo, con que una cuarta parte haya mejorado sus dotes de empatía, ya estaremos ante un mundo mejor, que tiene más en cuenta los sentimientos de los demás y reacciona a ellos. Y este es un gran cambio. Ricardo de León escribió “Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre”. Leer nos permite acceder al conocimiento y este nos lleva, en la mayor parte de las veces, a cuestionar lo que nos dicen, pensar por nosotros mismos y no creernos cualquier cosa que encontremos, incluso en los propios libros. Que aprendemos de los libros es algo evidente. Da igual el tipo de lectura que hagamos. Incluso esos thrillers cuya trama se basa en la historia del arte y que rápidamente se transforman en best sellers, pero la documentación brilla por su ausencia y lleva a escribir auténticos disparates tanto históricos como artísticos, dicen cosas interesantes y puede que su fantasia desbordada sobre algunos cuadros, lleve a millones de personas a admirar distintas obras de arte e incluso a despertar su interés por la materia. Denominamos despectivamente algunas novelas como fáciles, hablamos de libros comerciales y olvidamos que cualquier página escrita es un paso hacia delante para nuestra apertura de mente. Juzgar un libro por su portada, género, contenido o incluso público potencial es un ejercicio de prepotencia: cada uno puede encontrar en sus lecturas aquello que necesita, da igual lo que sea o dónde se encuentre. Vivimos tiempos complicados, llenos de radicalismos, de inmediatez y de egoísmo. Es una época de crisis, no solo económica, sino también de valores, de moral. Y, sin embargo, en estos periodos, aflora lo mejor del arte y la cultura, como contrapunto a las difíciles situaciones que experimentamos. No olvidemos que la Edad de Oro española coincide con la crisis del Barroco. Por ello, en estos tiempos inciertos, apostemos por la cultura, por saber quiénes somos y sacar lo mejor que hay en nosotros. Leamos. Da igual si lo hacemos en papel o en pantalla, si es poesía, prosa, ensayo, periódicos, revistas o cómics. Dejemos que el arte desarrolle nuestro pensamiento y que la lectura nos dé el impulso necesario para cambiar el mundo con nuestros actos. Permitamos que, por esta vez, Saramago no esté del todo acertado.
“Para Carolina, la 98 forma de decir te quiero. Jordi Sierra i Fabra”, pone en mi libro de “97 Formas de Decir Te Quiero”. No lo tengo delante, pero no he tenido que consultarlo. Lo sé, lo memoricé cuando, con 15 años, uno de los autores más importantes de literatura infantil y juvenil me firmó uno de mis libros favoritos en el la Feria del Libro de Madrid. Sierra i Fabra fue uno de mis maestros, uno de los que me llevaron por la senda de la lectura, convirtiéndome en quien soy hoy. Pero no fue el único. Son muchos los que he cogido entre mis manos, seguido con mis ojos, procesado en mi cerebro y atrapado en mi corazón. Cada uno me ha hablado, he sentido su amor al pasar sus páginas, los he amado por lo que me han dado. Cada uno de una manera, porque cada uno me ha dicho algo distinto. Ellos son mis 97 formas de decir te quiero (en la infancia y adolescencia).
Quino. Igual apareció muy pronto en mi vida. Empecé demasiado joven a leerle, y algunas cosas las tenía que preguntar. Pero el caso es que esa joven argentina, tan humanitaria y fan de los Beatles marcó mi carácter desde bien pequeña y, aún hoy, cuando el mundo se complica recurro a sus páginas, algunas heredadas de mi padre, otras regaladas en mi primera comunión.
Chirstine Nostlinger. Devoraba sus historias de Susi, Paul y compañía. Fueron los primeros libros con los que entendí lo que era la adicción lectora. Aún recuerdo cómo leí “Querida Susi, Querido Paul”. Una mañana en el cole, en un libro de texto, había un fragmento. Me gustó tanto que por la tarde fue a la biblioteca y saqué el libro. Cuando llegue a casa, me senté en la cama y, sin cambiarme de ropa siquiera, lo leí del tirón. A la larga, lo compré y releí hasta la saciedad, incluso el año pasado, tras la muerte de su autora.
Roald Dahl. A este señor lo considero mi padre literario. “Matilda” fue el primer libro “gordo” que leí. Ahora me parece normal, y nada en comparación con los “Geronimo Stilton” que leen los niños hoy en día, pero con 9 años me pareció un mundo. Y el recuerdo es tan exacto por que con mi letra bailona lo escribí en la portada. Después de “Matilda” vinieron otros de sus libros y algunos incluso no los leí hasta que fui adulta. Pero, afortunadamente, él sigue en mi vida. Como maestra, es un recurso indispensable para que los niños lean. El 13 de septiembre, día de su cumpleaños, en Reino Unido se celebra el día de Roald Dahl, y en mi clase también. Leemos, jugamos y soñamos de su mano. Con él no soy objetiva y 98 formas se me quedan cortas para decir lo que le quiero. Porque me enseño que, cómo finaliza su último libro, y yo he reproducido en la puerta de mi clase, aquellos que no creen en la magia, nunca la encontrarán.
Elvira Lindo. ¿Quién no ha leído “Manolito Gafotas”? Con ella sentí por primera vez el subidón de saber que uno de tus autores favoritos va a sacar nuevo libro. La expectativa, el placer de tener el nuevo libro soñado en tus manos tras una cuenta atrás interminable. Aprendí a esperar con ella, soñando qué le pasaría al chico con gafas de Carabanchel Alto, su hermano el Imbécil y su incombustible abuelo. A Elvira Lindo la sigo leyendo, en sus novelas para adultos y sus artículos en el periódico y le tengo un cariño especial por motivos que van más allá de sus libros. Pero cuando la leo ahora pienso que si he llegado hasta ahí, ella tiene parte de culpa.
Jostein Gaarder. En realidad solo he leído un libro suyo, pero ha sido tan importante que no puede faltar. Empecé a leer “El Mundo de Sofía” con 10 años y tardé un montón en acabarlo. Lo leía los fines de semana por la mañana para enterarme bien, y creo que desde ahí me viene la costumbre de leer ensayo. También le debo mi amor a la filosofía. Años después, siendo ya adulta volví a leer el libro y me di cuenta de cómo su explicación sobre Sócrates me influyó. Por él, pasé a la filosofía y a leer los textos directamente de la fuente.
María Gripe. Todo empezó con un libro de “Barco de Vapor” que nos mandaron leer en el cole y seguí con ella hasta la colección “Gran Angular”. Sus “Trilogía de las Sombras” me tuvo tan en vilo que aún hoy siguen colocados en mi estantería. Fue mi introducción a la novela negra, al misterio. No dejaba sus libros porque necesitaba saber qué ocurría en el mundo de Carolyn y de Berta y cuáles eran las sombras.
Jordi Sierra i Fabra. Sus historias han marcado a generaciones y lo siguen haciendo. Como con Gripe, algunas de sus obras me generaron esa adición al misterio que hace que no sueltes el libro y necesites saber qué pasa. Y no solo eso, además, ha fundado su propio premio literario para adolescentes, para motivarles a escribir. En mi época, sin embargo, aún no existía y me conformaba con leerle.
J.K. Rowling. De ella podría escribir largo y tendido, pues no la admiro solo por sus obras, también encuentro inspiradora su historia. Mujer en lo hondo de un pozo que decide dedicarse en cuerpo y alma a lo que mas ama, y haciendo esto se redime y llega a lo más alto. Cuento de hadas del siglo XX en el que se demuestra hasta dónde se puede llegar con esfuerzo y sin rendirse. ¿Y qué decir de Harry Potter? Para mí es como un hogar al que huyo en los malos momentos y al que recurro cuando no sé que leer (o un libro me ha marcado tanto que necesito un margen antes de coger otro nuevo). J. K. Rowling, en términos lingüísticos, no es una escritora en la que detenerse a ver cómo ha construido la oración o elegido las palabras, pues su estilo es sencillo, pero sus historias, sus detalles, su magia, superan con creces cualquier floritura literaria. Ha conseguido, además, crear una generación de lectores entregados que a través de sus historias se han convertido en grandes lectores.
Estos son mis “te quiero” de niñez y adolescencia. Sé que muchos de ellos seguirán en la lista de las futuras generaciones, pero también sé que muchos otros pasaran a formar parte de esta lista, porque, afortunadamente, la literatura infantil y juvenil vive un momento dorado en el que los más grandes conviven con los noveles.
La literatura infantil es una rama generalmente olvidada. Si bien es cierto que el negocio que mueve es considerable, llega un momento en el que olvidamos los libros que nos hicieron leer. Una parte de lo que somos, como lectores pero a veces también como personas, se lo debemos a ellos. Son las primeras experiencias las que marcan el camino, las que determinan si nos convertiremos en personas que leen o no, pues si no damos con los libros adecuados, podemos perdernos por el camino, como sugieren los informes sobre la lectura. Pero, si volvemos la vista atrás, seguramente encontraremos grandes historias. Hagámoslas pervivir.
Hace quince días les hablé de mis tés con las amigas de papel y tinta, pero esta semana saldré de cañas con los amigos, a garitos de mala muerte, bares tradicionales o pubs ingleses, porque dicen que lo importante no es el lugar sino la compañía. Para empezar, confieso, paso mucho tiempo con Patrick en los cafés de París. Damos buenos paseos, envueltos en misterios e identidades secretas y cuando la sed acucia nos sentamos en algún café, a horas intempestivas y dejamos que los silencios llenen lo que no completa la vida. En uno de estos establecimientos conocí también a Ernest. Ambos estábamos fuera de casa en la capital francesa, pero frecuentábamos los mismos sitios. Después hemos estado en Cuba, Estados Unidos, Canadá y hasta aquí, en España, pero fue en París donde le conocí. Y Marcel también acabó llevándome a su ciudad natal, tras varios veranos de infancia en Combray y los de juventud en Balbec. En su larga búsqueda del tiempo perdido, es un fiel consejero que entiende la vida de tal manera que pese al largo intervalo que nos separa, todo sigue teniendo sentido. Tan solo el asma que compartimos me agobia cuando le dan ataques, y me hace sentir agradecida de tener los medios médicos del siglo XXI. Karl Ove me ha dado a conocer los bares nórdicos y juntos hemos hablado de literatura y de la vida, de cómo se presenta, de cómo se afronta y se supera. Javier me ha llevado a tabernas griegas, pubs irlandeses, bares americanos… mucho he viajado de su mano y compartido su maleta, repleta de autores que le hacían de guía en sus viajes. Rafael es perfecto para hablar de literatura española. Milan es fuente de inspiración y de reflexión, tiene una filosofía que te lleva a repensarlo todo. Hervé es nuevo, pero sus conversaciones expanden mi pensamiento. Antonio me habla de arte, de jazz (cuidado que le gusta, a veces se pone un poco pesado), de su vida y de su querida mujer Elvira, otra gran amiga mía. Eduardo es siempre surrealista, estar con él es diversión asegurada. Paul es un mago de las palabras, sus historias dan vértigo y te atrapan en 4, 3, 2, 1. Haruki es experto en mezclar la realidad y la fantasía como nadie. J.R.R. y C.S. son del club de la magia. Nos reunimos en el Eagle and Child de Oxford donde narran la vida en clave de fantasía, pero sus historias son tan profundas que encierran la realidad del mundo. Ian y sus amigos Kazuo, Martin y Haniff, me cuentan historias muy diversas, normalmente inglesas, pero siempre de una manera innovadora, que no te esperas y te atrapa. Juntos expiamos nuestros pecados durante los restos del día. Benjamín es nuevo y me habla de la belleza del Mar Abierto. Al bar del pueblo me ha llevado siempre don Miguel. Es uno de mis mejores amigos, pero siempre le pondré el don delante, porque el respeto que le tengo es inmenso. Nuestras largas conversaciones sobre la tierra, la infancia o la familia han sido muy importantes para mí. Don Antonio tampoco puede faltar en la taberna rural, en la que sus sufrimientos son los míos, pero su belleza también. Y es que unos versos no vienen mal de vez en cuando para aliviar el espíritu. Como ven, no me falta vida social, siempre ando por ahí con unos o con otros, escuchando y aprendiendo. Y es que los amigos de papel son necesarios, hay que tenerlos cerca, por si acaso.
Me gusta tomar el té con mis amigas, las de papel y tinta, y chismorrear con ellas, sentada en el sofá, calentita y a veces hasta con una manta. Otras veces al aire libre, abanicadas por los árboles mientras las palabras fluyen como las olas del mar cercano. Dialogar con ellas ensancha mi mente, amplía mis horizontes y me da nuevas perspectivas en la vida. Algunas llevan toda la vida conmigo y espero que no nos separemos jamás, pero cada vez son más las voces que se unen a mis sesiones de cotilleo de la hora del té. Bienvenidas sean todas ellas y lo que habrán de regalarme. Con J. K. hablo de magia y, de vez en cuando, también de las heridas que deja la guerra en los combatientes. Elvira, que prefiere los tintos de verano, solía hablarme de la infancia, pero con el tiempo pasamos a hablar del día a día y de Nueva York. También conocí muy pronto a Jane, que es muy escrupulosa con cómo tomamos el té, pero a veces creo que es por pura ironía, la misma con la que me habla de la sociedad de su época. Agatha apareció relativamente pronto, con ella todo son enigmas, misterios y siempre es capaz de sorprenderte. Más tarde vino Virginia, que cada vez es de una manera. En su habitación propia, tan pronto hablamos de perros, señoras o escritura para, sin más, hablar de la guerra, de la degradación del final… Con Rosamunde viajé a Inglaterra y de su mano he llegado a bellos lugares insospechados. También es un placer llamarla cuando necesito calma, valorar las pequeñas cosas de la vida. A Elisabeth Jane hace menos que la conozco, sin embargo me ha acompañado en momentos que todos recordaremos. A Zadie la conocí en una librería en Londres y me habla de las diferencias que se pueden vivir siendo de distinta raza. Lo mismo que Chimmamanda: conocerla fue una experiencia transformadora, ella no solo me habla de la diferencia, también me narra la vida en lugares que no conozco pero que ya siento cercanos. La primera charla con Sahar fue una experiencia muy dura, de esas que te cambian por dentro. Siri siempre aparece cuando más le necesito, me recuerda quién soy y hacia donde quiero ir y charlar con ella de arte y neurociencia es una auténtica maravilla. Rosalía me habla en gallego y parece que la entiendo; Emilia, sin embargo, lo hace en castellano, aunque alguna palabra en esa lengua se la escapa de vez en cuando. Con Susanna todo puede pasar, tan pronto hablamos de magia como atravesamos mansiones imposibles, mientras que Donna viene solo una vez cada diez años, pero llena mis días de arte y misterio, me tiene siempre pegada a la silla. Fran es la risa constante, Deborah las ganas de pensar y Laura el surrealismo. con Jhumpa vuelvo a la India, Chiki tiene un cofre de historias que siempre está dispuesta a compartir, Joan me habla de lo que pasa tras la muerte de un ser querido, Joyce siempre es entretenida pero nunca es igual, Irene me habla de literatura, Amélie me cuenta la versión adulta de los cuentos de toda la vida, María de las mujeres del campo, Carmen de Nada… Cada una tiene una manera de ver la vida, de mostrármela, una voz distinta y alguna de ellas ha pervivido al paso del tiempo. En ellas encuentro nuevas visiones, maneras de enfrentar la vida, de contarla y de vivirla. Llevan años a mi lado, pero ahora recurriré más a ellas. A fin de cuentas en los tiempos difíciles necesitas buenos consejeros.
Corre el mes de abril. Los campos castellanos comienzan a teñirse de verde mientras avanzo en el coche. Atravieso un pequeño pinar y, al salir, tomo una curva pronunciada. Al dejarla atrás se vislumbra la silueta de un pueblo. La torre de la iglesia y sus casas viejas emergen ante mi como la sombra de un fantasma, recortada sobre horizonte, esperando, como cada año, la llegada de gente procedente de todos los rincones de Castilla, que harán de ella la capital de la comunidad durante un día. Por si el color de los campos, la bruma matutina y la silueta del pueblo no le dieran un tono suficientemente místico a la escena, cuando he tomado la curva acompañaba hasta la música. Después de muchos años sé calcular para que en ese giro, que será la primera toma de contacto suenen los versos más bellos sobre el lugar: «Ya apunta en el horizonte, ya aparece Villalar». Este año, el del quinto centenario de la Revolución de Las Comunidades, este trayecto no lo puede hacer el día 23, ni lo hice en medio de una caravana, sino que lo hice después de ver la exposición en Las Cortes, que se suponía era el punto fuerte del centenario. Sin embargo, la muestra me dejó un sabor agridulce en la boca. Me explico: había piezas buenísimas, como la más publicitada, el cuadro de Gisbert, o el pendón de Francisco Maldonado, la sentencia de muerte de Padilla, Bravo y Maldonado, el perdón real y la Ley Perpetua de Ávila, documentos todos ellos de un valor increíble. Sin embargo, estas piezas se perdían entre un batiburrillo de cálices, armas y demás, sin mucha explicación. No voy a entrar en localismos diciendo que, una vez más Ávila ha sido relegada pese a su importancia, porque quizá, que ni siquiera los abulenses pongamos en valor un hito tan importante, pueda hacer que no tengan miedo a olvidarnos ya que pocos se quejarán. Otro documento mal empleado es la copia del Romance de Los Comuneros de Nuevo Mester de Juglaría, que tiene las notas de los músicos para su adaptación y, que sin embargo, está cerrado, como primera edición del texto nada más. ¿Sorprendente? En absoluto, dado que los máximos difusores del movimiento comunero han sido ignorados y desdeñados durante todo el centenario, aún sabiendo que siempre son sinónimo de éxito, que han hecho más por revolucionarios del siglo XVI que nadie y que en la conciencia colectiva castellana, decir comuneros, es decir Nuevo Mester de Juglaría. Pero los juglares de nuestro tiempo no decepcionan ni a sus fans ni a los comuneros. No iban ellos a quedarse sin celebrar el centenario. No solo nos representaron a todos en la noche del 22 al 23 de abril en Villalar, vean el video de La 8 de Valladolid en YouTube y verán en sus caras la emoción de todos los que faltábamos, sino que, en un homenaje conmovedor de un trabajo colosal, han hecho una nueva versión de la obra que los llevó a ser número uno en su lanzamiento y la han adaptado a formato sinfónico, llevando la obra a nuevas cotas de perfección y reivindicando así quiénes somos. En un centenario que se puede considerar una ocasión perdida de difusión y puesta en valor, han sido ellos una vez más quienes han dado el do de pecho, compensando todo lo que no se ha hecho. Espero que alguien tenga el buen ojo de darse cuenta de que esta obra debería ser tocada por toda la geografía castellana y todos podamos encontrarnos en auditorios y sentir juntos en el canto quinto que «los capitanes del pueblo», a día de hoy se llaman Nuevo Mester de Juglaría.
Estoy enganchada a los videos “Del Archivo del Mester”, de Nuevo Mester de Juglaría. Un programa desarrollado durante la pandemia en el que, en cada episodio, ofrecen un regalo de un valor inestimable. Cada martes, recuerdan a las personas que compartieron con ellos las canciones, las coplas, los romances y las historias de nuestra tierra. Con nombre y apellidos, rememoran a estos paisanos que colaboraron en la preservación de la cultura oral. Después comparten las grabaciones, que han digitalizado para esta ocasión, y acaban comparándolo con la versión que finalmente hizo el Mester del material recopilado. Y, por si esto no fuera poco, siempre que pueden, les entregan las grabaciones, en las que los antepasados cantan ante las grabadoras de los músicos segovianos, a sus familiares más cercanos. Es decir, el Nuevo Mester de Juglaría, una vez más nos está regalando el sentir de la tierra, pero esta vez con un aliciente nuevo: nos permite ahondar en la labor etnográfica que llevaron a cabo durante muchos años y que les permitió ser la voz de la tradición castellana en todo el país y parte del extranjero. A mí, la labor mesteril siempre me ha parecido merecedora del mayor de los respetos. Gente joven, que estudiaba, trabajaba y criaba a sus familias y que, en su tiempo libre, se entregaba a su pasión, viajando por los pueblos, buscando a gente que quisiera ayudarles, registrando sus voces, sus cantos y, después, adaptándolos para poder cantarlos por toda la geografía de nuestro país, dándolos a conocer como poca gente ha hecho, y haciendo una puesta en valor que los ha llevado a pisar los escenarios más de cincuenta años, a los que no ven la hora de volver. Cuando hablamos de canto tradicional se suele poner en valor a figuras recopiladoras, como Joaquín Diaz o Agapito Marazuela, responsables en gran parte de la preservación de estos cantares y cuyo trabajo habla por sí mismo de su grandeza, y, sin embargo, el Mester ha hecho que esas canciones no solo queden escritas y grabadas, sino que durante medio siglo, las ha hecho cobrar vida, que sigan siendo cantadas, bailadas y disfrutadas. En definitiva, han conseguido que sigan cumpliendo su cometido. Aunque estas coplillas ya unían a una familia o vecindad en una noche de invierno al calor de la lumbre, en labios del Mester, durante algo más de una hora, son capaces de unir a poblaciones, campas y auditorios, y que por un rato, la tradición este presente en nuestras vidas. Y no solo, eso. Con cada nota consiguen, que las voces de aquellos que les enseñaron las canciones, pervivan en el tiempo. Por ello, el trabajo del Mester sobre el escenario y ahora en estos videos de recopilación, ha sido y es fundamental. En una tierra que renuncia cada vez más a su esencia, el buen hacer del Nuevo Mester de Juglaría por preservar la cultura de nuestros ancestros en sus voces, es una bandera que ondea en el aire para enseñar y guiar a los que creemos en la importancia de conocer el pasado, para poder vivir el presente y crear el futuro, para preservar una cultura que, como todo, puede evolucionar, pero que no puede perderse por la inconsciencia de una sociedad que vende la modernidad a cualquier precio.
Una rendija filtraba la luz de la mañana. Poco a poco me fui desperezando, mientras disfrutaba del calor de las mantas sobre mi cuerpo. Cuando me quise dar cuenta me había despertado del todo. Salí de la cama y subí la persiana. Al salir de mi habitación, el olor a café recién hecho guiaba mis pasos para bajar la escalera y llegar a la cocina. Allí la temperatura era agradable, mantenía la sensación de confort de la cama. Puse el pan en la tostadora y me serví una taza del café caliente. Después me senté en la mesa, unté la tostada y esperé que la mantequilla se hubiera derretido antes de añadir la mermelada de melocotón. Entonces abrí el periódico. Era mi ritual de los sábados: un desayuno lento, con tostadas con mermelada y artículos de opinión.
Una de ellas hablaba de libros…¡qué sorpresa! Y, sin embargo, cómo me gustan y qué apropiadas son para los sábados. Esta vez hablaba de un género literario concreto: el Feel Good. La autora no parecía contenta con que nos hayamos quedado con el nombre en inglés sin buscar traducción al castellano. A decir verdad comparto sus opiniones, tenemos una lengua preciosa que tenemos que preservar y admirar su belleza. Tras pensar esto, di un trago al café, cuyo sabor me llenó la boca y seguí leyendo la columna.
Seguía con la historia del género y características. Surge en Inglaterra a finales del siglo XIX pero su mayor momento de esplendor, hasta la fecha, es tras la Segunda Guerra Mundial. Aquí bromea sobre que se ve que no querían más problemas y que, seguramente por eso, vuelve a estar tan de moda: está pensada para hacer sentir bien a sus lectores. Sus historias son tranquilas y predecibles que ponen gran atención en la descripción, en los ambientes y en los detalles del día a día. Muchas veces se confunde con la novela romántica porque suele haber una historia de amor pero… ¿en qué libro no la hay? Sin embargo, no es el argumento principal. Lo más importante es la exaltación de los sentidos que genera una sensación de bienestar, unido al desarrollo de los personajes. También destaca que suele haber representación de todas las edades de población, desde niños hasta personas mayores.
Las letras negras sobre el papel suave del periódico avanzaban hacia los grandes autores del género mientras yo sentía la mermelada de melocotón llenar de dulzor mi boca. Rosamunde Pilcher, decía, es sin duda la gran escritora de este género. No es la primera vez que habla de esta escritora, pienso mientras sigo con mi tostada. Normalmente la han clasificado como escritora romántica, dice, pero es una calificación irreal ya que cumple con todos los requisitos del género. Es más, parece como si lo hubieran creado para ella de lo bien que se adapta. Otros autores serían P.G. Wodehouse (¡cómo me gustan los libros de Jeeves!) Margery Sharp o Elezabeth Von Antrim. En España la más conocida es Mónica Gutierrez. Luego dice que es imposible leerla sin ponerse a comer tarta, magdalenas o cualquier tipo de dulce, acompañado siempre por una infusión de Earl Grey.
En aquel momento di un trago de café pensando en el olor de la bergamota del té. Después continué leyendo el periódico. Pero, de alguna manera, disfruté el momento mucho más. Aquella mañana pasaba las páginas manchadas en tinta con un ritmo especial, casi placentero. Todo era igual y sin embargo, ese sábado algo había cambiado en mi rutina y me llenaba de bienestar. ¿Y es que acaso feel good no significa bienestar en castellano?
Publicado en Diario de Ávila el 29 de abril de 2023
El otro día escuché una noticia en la radio que hablaba sobre el criterio. Podría haber sido cualquiera, pues en estos tiempos se alude mucho y muy rápido a este término, y no pude evitar preguntarme qué es realmente el criterio. Normalmente, en el día a día utilizamos una serie de palabras sin plantearnos realmente qué significan ni qué connotaciones llevan. Estoy segura de que, una vez desengranadas, las noticias serían distintas. Y voy más allá: si los que mandan o aspiran a ello averiguasen qué son esos vocablos a los que recurren con tanta facilidad y sin apenas reflexión, tendrían más cuidado al hablar. Como lo que yo pensaba estaba en una discordancia absoluta con el uso que hacen de él nuestros dirigentes, me puse a investigar. No soy ni lingüista ni filóloga por lo que puede que mi investigación no tenga un rigor como el del profesional que se dedica a ello, pero al menos lo voy a intentar, por tenerlo más claro. Si lo buscas en el diccionario, es una opinión, juicio o decisión que se adopta sobre una cosa. Parece sencillo, pero la propia definición conlleva una serie de términos que hacen referencia directa a la propia filosofía. Si valoramos la expresión en términos de esta disciplina, encontraríamos que el criterio es aquello que nos permite distinguir una cosa de otra, lo que es verdadero de lo falso, lo que tiene sentido frente a lo que no. Con esta nueva acepción, la cosa cambia. No es lo mismo tener una opinión, que es modificable o emitir un juicio, que puede ser erróneo, a ser capaz de distinguir entre las acciones humanas. De alguna manera, actuar con criterio supone tener un conocimiento que nos hace discernir qué hacer. Teniendo en cuenta lo anterior, y que sería un proceso que lleva muchos años de elaboración y de observación, ¿podemos cambiar de criterio como de camisa? ¿conviene usar la palabra alegremente o es mejor limitarnos a hablar de opinión? Está claro que es una palabra mucho más sonora, porque parece más meditada y pensada. Tener unos criterios es mucho más contundente que tener una opinión, porque esta última, en términos filosóficos simplificados se entiende como un conocimiento probable y, que por tanto, está tan alejado de la verdad como de la ignorancia. Para esto no es necesario tener una conocimiento absoluto mientras que en el otro caso se presupone un entendimiento del tema, así como la capacidad de razonamiento. La cosa sigue complicándose y los avances necesarios no caben en una sola columna. Sin embargo, está claro que necesitamos aprender más vocabulario y filosofía. Y si no, volvamos a leer las noticias, esas en las que aludimos al criterio como si hablásemos de un termino simple. Igual esa utilización tiene que ver con los tiempos en que vivimos, de cambios rápidos, de falta de permanencia. También puede que guarde relación con el hecho de que relegamos la filosofía y olvidamos que aprender a pensar, a dudar y discurrir es uno de los aprendizajes más útiles que podemos adquirir. O lo mismo es que a tiempos rápidos, filosofías rápidas. Supongo que la respuesta a estas preguntas dependerá del criterio de cada uno. Pero solo es mi opinión.
El pasado mes de octubre uno de los libros más famosos de Roald Dahl, Matilda, cumplió 30 años. Este libro es muy especial para mí, porque fue el primer libro “gordo” que leí y el primero del autor, uno de mis favoritos. Las celebraciones literarias son algo muy bonito y si el libro o el autor son especiales para ti, puede ser una delicia casi equiparable a leer la obra por primera vez. Todavía conservo mi ejemplar original de Matilda y lo guardo como oro en paño. En la portadilla, una Carolina de 9 años dejó registrado a qué edad y en qué época del año lo leyó. Aunque no necesito este escrito para recordar cómo fue aquello. El libro me parecía gordísimo y sus 230 páginas (sin apenas más ilustraciones que algún bosquejo de Quentin Blake, ilustrador habitual de Roald Dahl) eran un reto que, tras haber visto la película, estaba dispuesta a superar. Aquellas navidades en casa de mis abuelos pasé prácticamente tres días pegada al libro, soltándolo lo mínimo posible. Estaba absorbida por la historía de una niña ignorada y maltratada por su familia, que encuentra en los libros la magia necesaria para salvarse. Este fue el preludio de otras historias, pero en aquel momento aún no acababa de entender dónde me había metido ni qué había cambiado, aunque sí sabía cuál era la palabra clave: magia. Este 30 aniversario ha estado lleno de bonitos momentos que te hacen reconectar con el libro, como los marcapáginas conmemorativos y los post de twitter sobre el aniversario, con sus propios hashtags creados para la ocasión (#Matilda30 #YoLeíMatilda). La primera vez que vi las nuevas ilustraciones en las que Quentin Blake nos ha mostrado como es la protagonista de la historía al entrar en la treintena, el Matilda Challenge (reto viral en internet en el que se recrea la escena de la película en la que niña descubre sus poderes), los videos de gente explicando qué significa para ellos y qué creen que ha sido de ella o releer el libro el día de su aniversario. Este tipo de cosas, además, te hacen ver la trascendencia de esta obra literaria y su importancia en las vidas de las personas. Personas que, como yo, deben en gran medida lo que son a uno (o varios) libros y que se emocionan con ellos. Personas que celebran los libros.